Sueños

Todo aparece bajo la atmósfera de uno de esos viscosos sueños producidos por una mala digestión

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

La gente sale con banderas a despedir a los guardias civiles y a los policías que van a alojarse en un buque decorado con un gran Piolín. El hombre más poderoso del planeta da una razón profunda para que Cataluña se mantenga dentro de la legalidad constitucional española: Sería una tontería no quedarse dentro, porque España es un país muy bonito y con historia. Esta parodia de superhéroe tiene su correspondiente hombre del mal. Un déspota ataviado como el tirano de un tebeo que ha encontrado su modo de comunicarse con el mundo lanzando misiles con cabezas nucleares. Al mismo tiempo, vuelven las imágenes de una pesadilla recurrente. Marbella se llena de registros y la Fiscalía Anticorrupción vuelve a asomar a través de las paredes blandas de los sueños. En una esquina aparece el retrato de frente y de perfil de un antiguo concejal, huido -vía camino de Santiago- once años atrás.

Todo aparece bajo la atmósfera de uno de esos viscosos sueños producidos por una mala digestión. Sin embargo, al abrir los ojos, el disparate sigue ahí, aumentado por no se sabe cuántos detalles que la pesadilla ha sido incapaz de recoger. Todo mezclado. Como ocurre en los sueños. Lo íntimo y lo lejano. Tal vez porque el subconsciente reconoce los hilos que unen las cosas e ignora los compartimentos estancos en los que normalmente se desenvuelve la razón. Los misiles coreanos y los dislates de Trump pueden afectarnos como evidentemente nos afectará lo que ocurra en los próximos días y en las próximas semanas en Cataluña. Como afecta a Marbella y a los malagueños esa vuelta a las andadas, esa infección que vuelve a reproducirse al amparo del lujo y de las urbanizaciones y las inversiones laberínticas de Marbella.

Se reproduce la caricatura marbellí como se reproducen en estos tiempos de vaciedad que propician los populismos la caricatura catalana, la de Estados Unidos o cualquier otra simpleza más propia de un tebeo que de la complejidad del mundo real. Demasiados políticos están abonados a ese esquema. Lo que se salga de él requiere demasiada elaboración y suponen que el pueblo, la gente -ya no los ciudadanos-, no quiere otra cosa que papilla mental. Como los niños de esas tribus que reciben la comida previamente masticada por sus progenitores. En no sé qué televisión vemos al viejo Mitterrand hablando en el Parlamento Europeo: «El nacionalismo es la guerra». En la Sorbona, Emmanuel Macron lanza la gran vacuna contra esa enfermedad. Medidas para comenzar el camino hacia una Europa federal que sea capaz de enfrentarse a los retos del futuro inmediato. Algunos iluminados del análisis político interpretan las ideas de Macron como una pirueta para combatir su bajada de popularidad, como si todo ello no estuviera ya plenamente descrito en su libro 'Revolución'. ¿Pero para qué leerlo? Para qué leer nada si tenemos las caricaturas y los monigotes. Los monstruos que surgen del sueño de la razón y que a veces se nos cuelan en la realidad sin que luego haya modo de desterrarlos.

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