Por ahora

En Soto

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Pep llegó temprano, eran apenas las 6.30 horas. De un tiempo a esta parte, el President salía muy pronto de casa cada día. Junto a la escolta, se estacionó en la puerta principal y bajó del vehículo. Siempre se fumaba un pitillo al llegar, ya casi estaba retirado del vicio, uno por la mañana y otro después de comer. “Alfa 00” bajó de inmediato, le saludó con gran respeto y cordialidad y le abrió la puerta. Los periódicos estaban dispuestos en el sillón trasero junto al botellín de agua. Como nadie dijo nada, ante ese silencio acostumbrado en los últimos meses, Pep arrancó camino de 'punto 1'. Se había habituado a trabajar los domingos, todo estaba convulso.

Esta columna debería llamarse 'la hora de Cataluña' o 'la vida secreta de los independentistas', o sencillamente 'el asunto', porque mientras dure este lamentable vodevil, casi no cabe hablar ni escribir de nada más. Como si de un culebrón se tratara, ahora la emoción reside en la desconexión. Entiéndase, la desconexión de despachos, sueldos, coches oficiales y funcionarios a la orden. Pensemos que este lunes más de un responsable -o exresponsable- aún acudirá a la que fuera su tarea con uniforme de jefe, se sentará en el despacho y leerá informes o hablará por teléfono. Será poco a poco cuando vea que determinado personal no viene, que las llamadas son muy pocas -y muy frías- y que, a lo peor, tras la jornada, el coche oficial no se presenta a recogerle, o si lo hace, quizá lo no lo haga por la mañana del día siguiente. Algunos avisan que no cumplirán instrucciones que no vengan de donde solían, hay un régimen disciplinario que desaconseja estas actitudes y es imparable. El destituido de turno puede jugar a ceremonias de la confusión, alguno hasta puede engañarse e ir aquí o allá; también lo hizo el pequeño Nicolás. Lo cierto es que el destino siempre nos alcanza y también lo hará con los que se resistan a afrontarlo.

«He ordenado destituir al president Puigdemont y a todos los consellers, he cesado al director general de los Mossos, he disuelto el Parlament y he convocado elecciones autonómicas para el próximo 21 de diciembre...» Nadie podía esperarlo. El presidente Rajoy, tras asistir con su calma proverbial a esta intensa semana parlamentaria del Senado, que finalizaba con la autorización de las Cortes al Gobierno a poner en marcha las medidas propuestas de aplicación del 155 de la Constitución, nuevamente movió ficha. Si Puigdemont nos trajo locos a todos el pasado jueves 26 de octubre con su «convocaré elecciones y compareceré a las 13.30», «se retrasa una hora la comparecencia hasta las 14.30», y llegada esa hora: «no compareceré», por la tarde: «se descartan elecciones»... Y así hasta salir a los medios a las 17.00 horas anunciando un galimatías a discernir en el Parlament... En el Senado primero y en Moncloa después, le fueron dando las respuestas.

Finalmente, cuando los 'diputats' que se quedaron a votar ilegalmente la propuesta de creación de la 'república catalana', lo hicieron secreta y cobardemente en urna para que nadie les viera -al menos, uno a uno con nombres y apellidos-, los abrazos y besos consiguientes estaban vacíos. ¿Por qué se felicitaban? Ciudadanos, PSC y PP, se ausentaron de una votación que consideraron ilegal -a todas luces lo es-. Así, la representación de más de la mitad de los escaños y de menos de la mitad de los votos y menos aún de la sociedad catalana, se quedó a decidir lo que no podía. Y allí, de nuevo, en el maltratado Parlament, no hubo nada.

Tras todo ello, marcharon. Pero el presidente Rajoy aún dirigía un Consejo de Ministros. Y a las 20.15 dio su rueda de prensa; el contenido de la misma dio al traste con el tablero. Dicen que la CUP hará una paella insumisa -debe ser con pimientos picantes en el sofrito-, en Esquerra se tientan la ropa y en el PdeCat hacen inventario de bajas. La palabra la tiene el pueblo y el orden lo pone la democracia a través de sus instituciones, autorizando para ello a actuar al Gobierno. Los mossos firman espontáneamente una carta de lealtad a la Constitución, se marcha el mayor Trapero y la bandera de España de la cúpula del Palau de la Generalitat ondea al viento con parsimonia, altura e inmensa dignidad. Nunca se ha movido de allí y nunca lo hará. Es España.

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