Sorda incompetencia

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

El buen arquero no es juzgado por sus flechas, sino por su puntería, dijo Thomas Fuller. En este caso, el tirador ha tenido todo el tino del mundo. El gran problema de Málaga con el ruido, qué duda cabe, es un puñado de adolescentes botando balones en los colegios al salir de clase. Se ha actuado con sonora eficacia: multazo para los dos centros denunciados y vigilancia estrecha, no vaya a ser que los ruidosos deportistas incurran de nuevo en prácticas de riesgo para la comunidad.

El Ayuntamiento ha demostrado que sabe hacerlo como es debido. Dura lex sed lex, y todo eso. Ante las quejas vecinales -que tienen todo mi respeto, faltaría más- por los estruendosos entrenamientos vespertinos, se ha aplicado la normativa sin atenuantes. Bien hecho, pues acaban de demostrar que saben perfectamente cómo se hace. Rigor y mano dura, por más que los causantes sean niños tratando de hacer deporte, que igual se tendría que considerar dentro de algún supuesto atenuante. Nanai, negativo, no. Esto es lo que hay.

Vale. Ahora, para no hacer agravios comparativos, vamos a seguir el mismo ejemplo en todos los escenarios donde un malagueño no pueda descansar en su hogar por culpa de los decibelios estridentes. Vamos a empezar por el Centro Histórico, un entorno tan ruidoso que ya casi no quedan vecinos a los que molestar. Le vamos a meter la misma multa -cada noche, claro- a esas terracitas con muchos más metros de los legales; a los hosteleros que se pasan los horarios y el control de la música por el forro. A las legiones de majarones que cantan la Traviata bajo las ventanas mientras mean de madrugada.

Podemos seguir por determinadas zonas de Teatinos, por razones tristemente similares. Luego, dejaremos de autorizar que las cofradías tomen la calle con sus cornetas y sus tambores cada vez que se les meta que tienen alguna efeméride que celebrar. Por supuesto, siempre en el mismo sitio. También vamos a multar masivamente a los niñatos con las motos a escape libre que atronan por la ciudad. Y, de paso, habrá que ir renovando la flota de los vetustos camiones de Limasa, que despiertan cada madrugada a esos niños que sueñan con que les dejen seguir entrenando duro para llegar a ser estrellas del baloncesto.

Ningún problema con que el Ayuntamiento proteja a unos ciudadanos que se quejan por el ruido, y que se tomen medidas para evitar que el daño vaya a más. Pero el agravio comparativo es doloroso y evidente, pues la sonora eficacia para unos casos se torna, para otros, en sorda incompetencia.

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