Sopa de ganso

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Puigdemont internacionaliza el pasteleo independentista como estrategia de precampaña electoral. Muerto Jerry Lewis, aún nos queda Puigdemont, el presidente en fuga de una república inexistente. Este hombre del flequillo pensante es uno de los grandes cómicos de nuestro tiempo, como anuncié hace meses, y no ha tardado en superarse a sí mismo, chifladura tras chifladura, batiendo plusmarcas de comicidad bochornosa que el llorado bufón americano le envidiaría. Y todo ello sin necesidad de humillarse ante la ironía tronchante de la policía nacional, como sus cómplices presos, ni pasar por la célebre escuela de la comedia de Soto del Real ni de ninguna de las dos franquicias de esta que la jueza Lamela, demostrando un gran sentido del humor situacional, abrió la semana pasada en la Comunidad de Madrid para surtir de chistes jocosos un guion que estaba virando al melodrama lacrimógeno con peligrosa facilidad.

Ese guion es un insulto a la inteligencia y no lo entendería ni un niño de siete años, como decía Groucho Marx, rebuscando analogías disparatadas en Eslovenia, Kosovo, Lituania u Osetia. Qué error geográfico. El niño prodigio, el fiscal Maza (temible apellido) y la jueza Lamela, los figurantes clandestinos Rajoy y Sánchez y la comandante en jefe Sáenz de Santamaría, donde podrían hallar valiosos equivalentes a todo lo sucedido es en Freedonia: la patria imaginaria ideada por los hermanos Marx en 'Sopa de ganso' para burlarse de la demencia nacionalista y los ridículos gestos del poder autoritario en la Europa de los años treinta, tan amenazada como la de ahora por el separatismo sentimental de las regiones y el despotismo legal de los Estados.

Mis amigas cinéfilas me recuerdan, sin embargo, que esta grotesca historia se parece cada día más, gracias a la colaboración simpática de los belgas, a otra película antigua, 'La kermesse heroica': un vodevil histórico de humor corrosivo donde los flamencos del siglo XVII temían mucho más a la violencia y el poderío militar del imperio español del duque de Alba que a su propia cobardía y estupidez política.

El prófugo Puigdemont y su pareja Topor odian con los cinco sentidos el esperpento español pero, por lo visto, adoran el teatro del absurdo del gran Ionesco. El genio rumano habría aplaudido el ingenio autóctono de su dramaturgia independentista si en lugar de montarla aprovechando los mecanismos del poder institucional la hubieran representado sobre un escenario teatral, con espectadores conscientes de la farsa en curso y apuntadores del texto ocultos entre bastidores. El pasteleo de Puigdemont. Puestos a ser creativos, recomendaría un título alternativo para su nueva pieza de resistencia kafkiana: «El proceso del proceso». En catalán, sin duda, sonaría mejor.

A este paso, quienes quizá acaben sintiéndose exiliados de la realidad después del 21-D sean los ciudadanos que no aguantan más los sopapos y gansadas sin gracia de todos estos políticos mindundis.

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