La 'solución Archidona'

Sin ir más lejos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La primera obligación de un preso es intentar la fuga, pero cuando ni siquiera cometió delito ni se le puede condenar por desesperación, las imágenes al mundo de los colchones volando por las ventanas de la prisión de Archidona al grito de ¡libertad! resultan una factura mínima inevitable del despropósito gubernamental. La marca de la España como país avanzado añade por lo pronto otra concertina a su imagen internacional frente a la inmigración. Bajo la apariencia de una buena solución para consumo doméstico, el país pierde voz y puntos ante sus socios europeos para reclamar el esfuerzo extra que necesita como puerta de paso más y de entrada. El Gobierno del PP alega colapso de un sistema de acogida que no se ha creado tampoco por los del PSOE después de 30 años siendo España frontera de la desesperación. Los polideportivos no son la solución como tampoco las ocurrencias alojativas o relegar el papel de las onegés. Europa, incluida esa Italia bajo una presión migratoria constante y mucho mayor, no aplaudirá que las cárceles se abran con inmigrantes aunque haya CIES que las imiten. En todos los países cuecen habas y hay lampedusas, pero el ensayo de confinamiento carcelario es tierra desconocida. La avalancha de críticas desde el voluntariado que trabaja con inmigrantes y desde la abogacía por la 'solución Archidona' es una respuesta con la razón detrás movida también por un legítimo sentido de la oportunidad. Se trata de volver a sacudirnos de una peligrosa indiferencia antes de que la inmigración resbale del todo en la conciencia social. A la oleada de pateras que trae la mar en calma le ha seguido casi una indiferencia general, la sequía de ideas del Gobierno y la falsa sensación de que basta con los hombres y mujeres de Salvamento Marítimo, de la Guardia Civil, la Policía Nacional y de los voluntarios de Cruz Roja para la emergencia diaria.

La visita sorpresa a la cárcel de una comisión del Defensor del Pueblo es otro síntoma de salud democrática, y lo primero que deberían anotar estos hombres de negro en su cuaderno son los dos millones de euros gastados por Interior para evitar el saqueo de una cárcel en los tres años que lleva cerrada. Es el despilfarro previsible de la imprevisión, una factura a la que se suma ahora la de una improvisación muy pensada, vestida de alternativa para 40 días. Tele de plasma y gimnasio pero sin agua potable es una solución que no pasa siquiera el corte emocional de la navidad. En Archidona, no se trata sólo de levantar acta de condiciones de hospedaje sino también de certificar derechos en cuarentena. Pero no todo parece perdido en medio del relativismo legal del Gobierno, que prefiere una fuga hacia adelante en política migratoria como si las normas propias y los convenios internacionales fueran barrotes de plastilina. Zoido se ha librado de ver al Defensor del Pueblo inspeccionando el crucero del Piolín porque afortunadamente ya acabó para miles de policías esa pena sobrevenida de confinamiento en camarote, botella de agua y rancho diario de macarrones. Ni que fueran inmigrantes irregulares.

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