SOBREVIVIENDO EN VERANO

FRANCISCO MOYANO

COMO la Virgen del Carmen ya bendijo las aguas de nuestro mar, se abre oficialmente la temporada de baños. Hubo un tiempo en Marbella, ya desaparecido de la memoria colectiva, en el que, de manera rigurosa, eran muchos los vecinos y vecinas que respetaban esa norma no escrita, lejana a la normativa y sujeta exclusivamente a un sentimiento religioso. Un momento en el que los pescadores de la ciudad se arriesgaban en cada salida porque no se podía predecir, como sí ocurre hoy día, el pronóstico meteorológico. Jábegas, sardinales, traíña, trasmallo; diversas formas y procedimientos y el tradicional arrastre del copo, desde hace muchos años prohibido. El sector pesquero evolucionó; las embarcaciones se han construidos con material diferente y se han dotado de elementos técnicos que proporcionan eficacia y seguridad. Aunque el azar en la pesquera sigue jugando un papel importante, generalmente se posee el control sobre la tarea y la dureza del oficio ha quedado mitigada en gran medida. Más de doscientas familias viven en Marbella de la pesca y los barcos de la flota pesquera son fuente de trabajo; también para un buen número de inmigrantes que en esta tarea han encontrado la forma de ganarse la vida. El verano es tiempo de sardina, aunque la que se pesca en Marbella, la degustemos poco. En los meses de verano se depositan muchas esperanzas, hay que 'sobrevivir' como sea; es el momento de recolectar y guardar para el invierno que no termina de abandonar viejos comportamientos de erial turístico; tiempos duros. No son precisamente los meses del estío los más propicios para disfrutar de la ciudad para aquellos que preferimos la tranquilidad antes que el más mínimo atisbo de bullicio, pero debemos ser conscientes de la necesidad de soportar las molestias necesarias porque vivimos precisamente de la llegada de turistas. Sin duda algunos aspectos podrían mejorarse porque no son estrictamente necesarios: por ejemplo las obras en determinadas calles que colapsan el tráfico y nos crispan en más de una ocasión. Como cada verano vuelve a constituir una proeza localizar un taxi en horario nocturno; seguramente, con diálogo y anteponiendo los intereses generales, podría plantearse el refuerzo del número de taxis, de forma

transitoria, durante los meses fuertes del verano. Sin duda hemos ganado mucho con la peatonalización de buena parte del Centro Histórico o Casco Antiguo; recordamos los tiempos en que la Plaza de los Naranjos estaba abierta al tráfico rodado, aunque actualmente nos parecería un verdadero atentado al derecho de pasear con tranquilidad. Aunque Marbella desde hace siglo posee la consideración de ciudad, siempre tuvo un componente de pueblo que posiblemente hoy se ha perdido en su totalidad y una característica de esa faceta era la costumbre, a la caída de la tarde, de sacar las sillas de anea a las puertas de las casas y entablar conversación incluso hasta bien avanzada la noche. Era el momento de recoger jazmines para espantar (al menos eso se creía) a los mosquitos, tan activos entonces como ahora. Hay pueblos donde esta costumbre de sacar las sillas a las aceras delante de las viviendas, se ha prohibido drásticamente bajo la amenaza de considerables sanciones administrativas. Poco comprensible en democracia; precisamente esas reuniones vecinales, sobre todo de mujeres, eran las únicas congregaciones ciudadanas que no se prohibieron durante la dictadura franquista. Combatir el calor era primordial para sobrevivir en verano y, junto al genuino botijo que no faltaba en ninguna vivienda, situado dentro de un plato, el consumo de helados que Pepe el Valenciano, pionero de la fabricación de helados en Marbella acercaba a cada casa. La fabricación comenzó en la calle Peral, en la zona norte, donde actualmente se encuentra el restaurante 'La Santa'. Algunos privilegiados disponían de frigoríficos y ello suponía en paso de gigante en la calidad de vida. Otras familias poseían neveras, a las que había que surtir diariamente de hielo. Era frecuente, cada mañana, que los más jóvenes de la familia se desplazasen a la fábrica de hielo que se encontraba en la marina, al sur de la calle Miguel Cano, para hacerse con un par de barras. Posibilidad también de adquirir alguna sandía o un buen melón en alguno de los múltiples quioscos que se situaban en sitios estratégicos de la ciudad, esos melones y sandias que, los días de playa, se enfriaban colocándolos en la orilla. Ayer como hoy, sobrevivir en verano.

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