La Tribuna

Sobre la modificación genética

Para muchos, el problema es que las mismas técnicas que se vayan a usar para fines terapéuticos se podrán utilizar en el futuro de forma frívola para obtener bebés de diseño

ANTONIO DIÉGUEZCATEDRÁTICO DE LÓGICA Y FILOSOFÍA DE LA CIENCIA DE LA UMA

De nuevo la noticia de un avance biotecnológico ha suscitado la polémica, y de nuevo el ruido de las grandes palabras se ha impuesto sobre el sosiego en los argumentos. Un equipo de científicos, liderados por Shoukhrat Mitalipov, anunció recientemente haber conseguido reparar en embriones humanos un alelo causante de una cardiopatía relativamente común y al día siguiente varios artículos se publicaban ya oscilando por lo general entre dos extremos: los que daban la bienvenida una nueva especie posthumana, surgida gracias a la tecnociencia, y los que reclamaban la prohibición total de cualquier manipulación genética en el ser humano por miedo a las consecuencias imprevisibles.

Para templar los ánimos, conviene decir que lo que se ha logrado es un paso más en una serie de investigaciones con embriones humanos que se vienen realizando, al menos de forma explícita, desde hace ya más de dos años. Ahora se han conseguido resultados más efectivos que en intentos anteriores. Por otro lado, solo se permitió a los embriones desarrollarse durante unos días y no fueron implantados en un útero. En los países de la Unión Europea, y en otros, no está permitido dejar que esos embriones manipulados genéticamente se desarrollen más allá de pocos días, y además se prohíbe cualquier modificación genética en humanos que afecte a la línea germinal, es decir, a óvulos y espermatozoides, aunque la conveniencia de mantener esta última prohibición comienza a ser materia disputable. Finalmente, es importante saber que las terapias génicas (modificando genes solo en células somáticas) están aún en sus comienzos, que sus éxitos son escasos por el momento, aunque prometedores, y que el precio de esas terapias es desorbitante, con lo cual es poco probable que su uso se vaya a extender en los próximos años. Para tener bebés que no porten mutaciones causantes de enfermedades genéticas hay una técnica mucho menos cara y que se viene empleando desde los años 90 con parejas que presentan riesgos de transmisión de este tipo de enfermedades: el diagnóstico genético preimplantacional. En ella, tras un análisis genético de embriones fecundados in vitro, que no implica ninguna modificación en su genoma, se selecciona aquél que no porte la mutación. Es previsible que durante mucho tiempo esta técnica sea la que se siga empleando.

Pero lo que causaba más recelos en los artículos publicados no era la posibilidad de curación de una enfermedad mediante manipulación genética de un embrión, sino la posibilidad añadida que esto abre de utilizar estas técnicas para modificar y mejorar al ser humano a nuestro antojo, tomando nuestra evolución en nuestras manos. En este contexto se entiende por mejora la potenciación de un rasgo que ya se posee (aumento de la inteligencia, la fuerza física, la resistencia a alguna enfermedad) o la introducción de un nuevo rasgo que aumente el bienestar de los individuos. A nadie se le escapa que los términos 'mejora' y 'bienestar' están lejos de tener un contenido que despierte el consenso. Para muchos, pues, el problema es que las mismas técnicas que se vayan a usar para fines terapéuticos se podrán utilizar en el futuro de forma frívola para obtener bebés de diseño, y eso significaría una alteración moralmente reprobable de la naturaleza humana que a la larga conduciría a la desaparición de nuestra especie.

No obstante, por muy alto que sea el tono empleado a veces en el debate, lo cierto es que no hay ninguna razón moral de peso para no aplicar estas técnicas al mejoramiento de ciertos rasgos humanos una vez que su uso sea seguro (cosa que quizás no ocurra jamás). Llamar a eso «jugar a ser dios» o «prácticas aberrantes de eugenesia o de diseño de bebés a la carta», como hizo el editorial de un diario, es absolutamente desmesurado. ¿Qué problema moral habría, por ejemplo, en mejorar genéticamente a los seres humanos para que sus cartílagos fueran más duraderos, para que su vista no se deteriorara con la edad, o para que sus células fueran menos proclives a transformarse en cancerosas? La distinción entre terapia y mejora es más borrosa de lo que parece y tiene menos relevancia moral de lo que se dice.

Obviamente no estoy afirmando que cualquier tipo de mejora genética sea permisible. Habrá cosas que sería mejor no hacer, particularmente las que causen un daño objetivo a los descendientes. Pero para evitarlas lo que necesitamos no es una prohibición absoluta de cualquier mejora genética (cosa, por otra parte, poco realista), sino una buena regulación acerca de lo que consideramos legítimo realizar. Dicho en otros términos, parece claro que no debería darse una completa libertad al futuro «supermercado genético», como alguien lo ha llamado, pero, por otro lado, cualquier limitación ha de estar justificada.

Este asunto es complejo y no se puede despachar en unas pocas líneas, pero, por difícil que sea llegar a acuerdos, un paso importante sería dejar de lado en el debate las palabras o expresiones grandilocuentes, como 'jugar a ser dios' (¿qué significa eso exactamente?), 'retorno de las prácticas eugenésicas', 'violación de la naturaleza humana', 'creación de posthumanos', etc. Ese tipo de expresiones consiguen despertar sentimientos fuertes, pero rara vez contribuyen al análisis racional. Los problemas más difíciles de manejar que estas técnicas susciten van a ser, en mi opinión, de tipo político más que de tipo ético. Hay una obsesión con la posible falta de ética en las modificaciones que se pretenden hacer, cuando están en juego cuestiones previas de gran calado que suelen descuidarse, como quiénes van a tomar las decisiones, quiénes van a controlar todo esto, y con qué fines. La discusión sobre los fines debería ser central.

La objeción más efectiva que se ha hecho hasta ahora a la mejora genética del ser humano es que podría generar graves desigualdades sociales. Al ser tecnologías caras, solo los más ricos tendrían acceso a ellas, y ello les permitiría convertirse en una casta genéticamente diferenciada. Por otra parte, hay críticos que subrayan escapismo que el entusiasmo por las futuras mejoras genéticas implica frente a los problemas reales, como el cambio climático y el consumo voraz de recursos naturales. Nótese que en ambos casos estamos ante problemas políticos y sociales, y que su análisis debería hacerse, por tanto, teniendo en cuenta que sus efectos serán principalmente de esta índole.

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