Sobre la insuficiencia de las palabras

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

Ya han pasado varios días desde que se produjo el atentado de Barcelona con su balance de víctimas. De inmediato, el que escribe o habla debe poner adjetivos para transmitir lo que siente de manera individual o como portavoz de otros. En este camino los medios de comunicación reiteran atentado criminal, salvaje, espantoso y otras unidades del mismo campo semántico. Llama la atención que los diccionarios de sinónimos y antónimos se refieren a criminal con una serie de palabras que orientan a un sujeto: culpable, malhechor, malvado, asesino y homicida entre otros. En efecto en la base significativa de la palabra está la acción cometida por una persona que con pleno conocimiento y con un claro propósito de matar emprende una acción; en este caso, el método de lanzarse con un vehículo a toda velocidad para llevarse por delante a todo el que se encuentre en su camino.

Una vez producido el atentado se abren dos campos de comunicación: la investigación y la condena. El primero se refiere a las actuaciones de la policía y el segundo a la sociedad en general y a las instituciones que representan a esa sociedad. El sistema tiene recursos para satisfacer ambas necesidades. El primero se convierte en un relato, en una historia. Los asesinos a tal hora y aprovechando que las Ramblas es un lugar muy concurrido se lanzaron contra las personas, se puede añadir, inocentes, y provocaron una masacre, palabra que no abre artículo en esos diccionarios a los que me he referido, que nos llegó del francés y que el DRAE define muy bien: «Matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida». Es palabra no usada de antiguo en el idioma. Veamos este ejemplo de 'Cien años de soledad': «Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. Las calles estaban desiertas bajo la lluvia tenaz y las casas cerradas, sin vestigio de vida interior».

El conductor se escapó, evadió, escabulló, escurrió, se guilló, se aventó, se piró, se largó, salió de estampía, salió de naja, tomó soleta, tomó las de Villadiego, dio esquinazo, perdió el hato y otras varias, cada una con su matiz porque está establecido que sinónimo puros no existen o casi. En su escapada encontró a un joven al que asesinó o acuchilló; el segundo verbo es más gráfico que el primero. Anduvo huido varios días. Lo de anduvo es casi un anacronismo porque andó se usa mucho más aunque sea incorrecto. La policía lo persiguió y se produjo el encuentro. Aquí el narrador tiene que tener cuidado. He analizado las declaraciones y los portavoces siempre han seguido el mismo esquema. El terrorista, en el diccionario hay que remitirse a terrorismo, se enfrentó a los agentes, mozos de escuadra en este caso, mostrando un cinturón de explosivos que se demostró falso y gritando: ¡Alá es grande! Fue abatido por los disparos, fue derribado, fue tumbado y no se emplearía el vulgarismo: fue cachifollado. Los agentes, que quede claro, actuaron en defensa propia. El terrorista se suicidó en cierto sentido.

Terrorismo en sus tres acepciones del diccionario es terror, una palabra temible

El segundo campo, el de las declaraciones, tiene un universo léxico más limitado. Todas las autoridades han hablado de unidad y de que el terrorismo será derrotado, también de la coordinación de todas las fuerzas de seguridad que han participado. Aunque parezca incómodo es imprescindible tener una frase un eslogan que se convierta en la etiqueta para la unión; en este caso el: «¡No tenemos miedo!», un eufemismo absolutamente falso pero eficaz. Claro que tenemos miedo, mucho y con razón pero, aquí viene otra frase que se ha repetido: «La vida sigue». Lo coherente sería que tenemos miedo y la vida sigue pero algo queda de épica en nuestra sociedad.

Otra cosa es usar el atentado como pretexto para cuestiones políticas. Si analizamos la nombrada unidad vemos que sí pero... Algún partido sigue sin firmar el Pacto Antiterrorista y algún otro amenazó con no asistir a la manifestación si la presidía el rey, el Jefe del Estado según la vigente Constitución. En este estado de cosas se buscó un subterfugio no lingüístico sino gestual. La cabecera de la manifestación se reservaba a la policía, a los comerciantes, a cualquiera menos a las instituciones representativas. En fin, los senderos de la política son torpes en origen por simples y laberínticos en el desarrollo.

¿Qué tiene que ver todo lo anterior con el título del artículo? Mucho. Todas las palabras que he usado y analizado sirven para comunicar pero, especialmente, las de los políticos están muy desgastadas porque son calificaciones repetidas una y otra vez. No hay mucha salida. Terrorismo en sus tres acepciones del diccionario es terror, una palabra temible en la escala de grados junto con pavor, espanto y pánico. El lenguaje, a veces, solo sirve para balbucear delante del cadáver de un niño de tres años.

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