Sobre la calle Pito

Una vez en Málaga hubo un iluminado poniendo nombres a los callejones más oscuros de la ciudad

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

El otro día pasé por esa calle. Era viernes. Me dirigía con unos amigos esquivando mesas y turistas por el Centro para probar un restaurante nuevo en la calle Beatas, uno de estos sitios recientes a los que hay que acudir rápido para poder contarlo, porque ya no se sabe cuánto durarán los nuevos locales que abren y cierran con una rapidez que deja pasmado a cualquiera en una especie de 'ensayo - error' a las bravas. Atravesamos la calle Pito y sonreímos. No se puede hacer otra cosa. No ya por la gracia del nombre, que era algo que ya tenemos todos más o menos asumido, sino porque aquella calle, que es una de esas vías angostas que dan puntadas sin hilo a la otrora señera vía Beatas, ha sido objeto de todo tipo de aconteceres nocturnos y por lo tanto desalmados, debido en parte a la proliferación de antros y bares de copas a su alrededor. Junto a ella estaba el Warhol, una especie de discoteca que en realidad era un puñetero pasillo y que empezó como local con ciertos aires sofisticados (lo inauguraron Pedro Pizarro y Tecla Lumbreras) hasta que abrió sus puertas también al más puro merdelloneo que no tenía ni idea de arte pop. En el Warhol, cuando se cabía, podían pasar cosas hermosas pero también podían robarte la chaqueta en un descuido. La calle Pito, por ser la más cercana y estar apartada de la mirada de los demás, se convertía casi todas las noches en un reguero de orina, en un refugio más que sospechoso que pisoteaba el cálido riachuelo que se formaba allí incluso desde los tiempos en los que era el local preferido de la gente moderna, si es que aquí ha existido alguna vez tal cosa. Una riada semejante acontecía en la calle paralela, la calle Cañuelo de San Bernardo, que señala que quizás una vez hubo un iluminado poniendo nombres a los callejones más oscuros de la ciudad.

La casualidad quiso que dos días después de que pasáramos por allí la leyenda de la calle amaneciera con pintadas. Lo contaba este periódico en su deliciosa sección 'Cosas de la ciudad', con una foto que ilustraba el acontecimiento: la palabra Pito estaba tachada con un espray negro y alguien había escrito, con perdón, coño. Rebautizarla como calle coño ha podido ser la travesura de un feminismo vulgarizante o una concesión a su pasado warholiano: hay que tener tiempo y ganas, en cualquier caso, de subirse a una escalera en esa diminuta esquina para hacer una pintada que esperemos que no provenga de Invader ni de cualquier otro. Respecto a la nomenclatura de la calle Pito, la teoría más extendida señala que el nombre se debe a un 'periódico festivo semanal' homónimo que empezó a publicarse en el verano de 1890 y que duró poco. El nombre de la calle no tiene nada que ver por lo tanto con su inesperada función como meadero público de aquella discoteca. Es un alivio.

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