SOBERBIA

Línea de fuga

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

En casa me tienen dicho que cuando se me mete algo en la mollera no escucho la opinión de los demás, me obceco hasta el delirio y suelto por la boca sapos y culebras cuando estaría mejor calladito. En realidad, tengo la impresión de que todo se resume en una cuestión de soberbia cuajada desde los mimos de la infancia. Claro que siempre queda el consuelo del mal de muchos. O de algunos, al menos.

Pienso en el párroco del Santo Ángel que ha decidido ocultar dos obras del artista Eugenio Chicano colocadas en el altar de la iglesia de la calle Ayala. A una Virgen que llevaba allí medio siglo le ha colocado un altarcito delante y el cuadro del Crucificado de Chicano lo ha descolgado para guardarlo en otra habitación del templo y en su lugar ha colocado una pintura más de su gusto. El sacerdote defiende que las obras de Chicano «no mueven a la devoción», que todo es júbilo en su feligresía desde que desaparecieron de la vista semejantes monstruosidades y que las críticas a su decisión vienen de gente «movida por el diablo». El infierno son los otros. Y en todo lo dicho y hecho por el sacerdote asoma -y que Dios me perdone- un pecado de soberbia. Olvida quizá el párroco la historia que une a esas creaciones con el barrio obrero donde se instala su parroquia, que las obras de Chicano forman parte del patrimonio cultural, histórico y sentimental de esta ciudad. Habla el sacerdote de la belleza como un dogma de fe y olvida por el camino no ya la sensibilidad ajena, sino el mero respeto de comunicar al autor una decisión tomada sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Han pasado dos semanas desde que se conoció el ultraje a la obra de Chicano y el Obispado calla. Y otorga.

En la Diócesis andan más preocupados con el mosaico con la silueta de una mujer vestida de flamenca colocado por el artista francés Invader en un muro lateral del Palacio Episcopal. Va para nueve meses que Invader instaló 29 de sus piezas inspiradas en los videojuegos de los años 80 en distintos puntos de la ciudad durante una visita con motivo de las conversaciones con el CAC Málaga para protagonizar una exposición en el centro de arte municipal. El asunto se ha ido envenenando hasta llegar a la Fiscalía de Medio Ambiente, que se ha querellado contra Invader y contra el director del CAC por un presunto delito sobre el patrimonio histórico. El escrito de la Fiscalía llega después del informe de la Policía Local que considera los mosaicos de Invader un posible delito de daños y que vincula sus acciones con los responsables del CAC, basándose para esto último en los mensajes publicados por el director del centro en redes sociales.

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí conviene recordar que la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía establece que si se produce un daño en un bien protegido, el responsable de restaurarlo es el autor del desperfecto; si no, el dueño del inmueble y si tampoco, la Junta de Andalucía. El Obispado es el dueño del Episcopal y, como para curarse en salud, reclamó a la Junta y al Ayuntamiento la retirada del mosaico, olvidando el estado lamentable del muro donde se colocó la flamenca, por muy Bien de Interés Cultural (BIC) que sea el edificio.

Después la polémica ha devenido en una suerte de tormenta perfecta, arreciada desde la política y también desde la soberbia. Porque en la Junta han olido sangre y han abierto la veda. Tienen en la mirilla al director del CAC y eso es caza mayor, así que han desplegado todo su arsenal cínico, provinciano y pueril para cogerse la ley con papel de fumar. Lo hacen los mismos que mantienen en la ruina absoluta el Convento de la Trinidad. Los mismos que desayunan cada mañana en las terrazas que destrozan el centro histórico que ellos dicen proteger. Los mismos que han condenado al expolio y al olvido el Cerro del Villar. Y con soberbia burocrática reclaman ahora la retirada no sólo de las dos piezas colocadas en sendos BIC -eso debería darse por descontado- sino también de las otras 15 repartidas en el centro histórico, cuyo impacto visual resulta casi inapreciable. Invader y quienes le ayudaron no pidieron permisos y si los pidieron se los negaron. Pero dicen que el arte urbano es así, nocturno y con su puntito de soberbia.

Tampoco ayudaron las palabras del director del CAC, planteando ante la televisión pública nacional que a lo mejor la obra de Invader tiene más importancia que todo el Palacio Episcopal. Quizá esta historia se hubiera escrito de otra manera si se hubiera planteado desde una perspectiva diferente: argumentar el desconocimiento de Invader de la protección del Episcopal, pedir disculpas, prestarse a facilitar la retirada de la obra, montarse con eso un vídeo, una performance o algo similar y emplearlo como elemento promocional. Llevar incluso a la flamenca hasta el CAC como parte de una exposición. Qué se yo, algo con más empatía y menos soberbia.

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