Abogando

Un sistema casi inglés

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

EL otro día presencié -es un decir porque estaba en casa y no en Barcelona pero ya se sabe que las ondas catódicas nos sitúan en todas partes- un desabrido debate entre dos Abogados, uno, Catedrático de Derecho Procesal- se identificaba así por lo menos cada cuatro frases- y otro más alto y más guapo pero con mucho menos tablas. Este último no cesa de mandarme comunicados, algunos muy sensatos pero otros teñidos de cierta vehemencia. Hablaban del fenómeno independentista, también es un decir porque no había diálogo alguno y no estaban de acuerdo en casi nada. Claro, uno defendía al del flequillo y el otro representaba la acusación popular personada en las chequechentas causas abiertas. Digo casi nada porque en un punto coincidían: la ausencia, carencia o insuficiencia de medios de la administración de justicia. Como ninguno tenía simpatías especiales ni con este gobierno ni con los que les han antecedido, se despacharon a gusto recordando que este país había avanzado extraordinariamente en lo relativo a la salud -en eso estoy de acuerdo- a la educación -no tanto- a la comunicación -innegable- pero muy poco en relación al tercer poder que seguía teniendo una estructura decimonónica.

Es cierto que a nadie le amarga un dulce y que mientras más cosas tengamos más cosas conseguiremos. Pero no es simplemente una cuestión de dotación lo que nos hace falta. La organización misma no es buena. La independencia judicial que parece un principio inmutable y que se traduce en que cada juez es absolutamente libre para, actuando dentro del marco legal, decidir conforme a su leal saber y entender, produce, a veces, desigualdades e inseguridad porque una sección de una audiencia, por ejemplo, piensa que la custodia compartida debe primar en los procedimientos de divorcio con menores y otra, que está al ladito, piensa lo contrario. Entonces si, como Abogado, defiendes al interesado en tener una presencia activa en el cuidado de sus niños, no te queda más remedio que rezar para que te toque la primera y no la segunda. Tampoco es la idea que se fijasen pautas rígidas y se eliminase todo lo que de original tiene cada uno que aportar. La verdad es que no sé como se podría solucionar este auténtico problema. La estructura del juzgado, como una unidad independiente donde los funcionarios dependen de una administración, los jueces de otra y los letrados de la administración de justicia, de una tercera, no es precisamente ideal. Los métodos de comunicación entre tribunales con sede en diferentes comunidades autónomas es muy mejorable porque no hubo acuerdo en la implantación de los sistemas informáticos que son incompatibles y no se entienden entre si. Los frecuentes traslados de quienes sirven los cargos tampoco ayuda mucho; el sistema de ingreso que castiga implacablemente a las localidades cuyos juzgados no está servidos por magistrados sino por jueces condenados irremisiblemente a marcharse cuando ascienden no es, a mi juicio, bueno.

Pero dentro de todo esto de lo cual se puede escribir un libro y de hecho se han escrito varios, hay una noticia que puede calificarse de buena, muy buena. Echábamos de menos a un magistrado que dio el salto desde la jurisdicción a la arriesgada práctica de la Abogacía, profesión de riesgo en la que no sólo expones el cuello frente a un cliente iracundo sino que quedas expuesto permanentemente a que te lleven por delante alguna de las múltiples agencias que te miran con desconfianza. Hace unos pocos años este valiente volvió al servicio público después de tener éxito entre nosotros -hasta el Tribunal Constitucional le acogió un recurso lo que a mí no me pasado nunca- y ahora la novedad es que regresa a Marbella a hacerse cargo de un juzgado de los varios que tenemos aquí y estoy seguro que con su buen hacer, ya lo comprobamos en su último período, le dará impulso. Siempre, como la mayoría de los que aquí sirven la justicia, ha tenido un trato exquisito con los Abogados y demás profesionales que no tenemos más remedio que asomarnos por allí pero creo que ahora ese trato no sólo estará inspirado en su bonhomía y educación sino en la mejor comprensión por experiencia propia de este oficio tan complicado, con tantos frentes de combate, el cliente, el contrario, el compañero, el juzgador...

Lo dicho: una buena noticia. Así debería ser la pasarela.

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