Siria: ¿esta vez sí?

ENRIQUE VÁZQUEZ

¿Eta vez sí? ¿Las conversaciones abiertas ayer en Ginebra un poco caóticamente entre el régimen sirio y la oposición llevarán a un genuino y duradero alto el fuego y a la paz? Nadie puede decirlo, pero hay algo en el ambiente que favorece un optimismo moderado, al menos en cuanto a la posibilidad de que las treguas observadas sobre el terreno, el trabajo de Moscú y la aparente disposición de Washington para no estorbar la labor del incansable mediador de la ONU, Staffan de Mistura, hagan el milagro, se consolide un alto el fuego generalizado y se opte claramente por un desenlace político.

Se puede discutir incluso el número de conversaciones o pretendidas negociaciones políticas entre el Gobierno sirio y la oposición en el exilio, tal es la confusión y el desorden que rodean al viejo conflicto. No está claro, ni puede estarlo, cuándo empezó por la buena razón de que ninguno de los actores del drama creyó que los primeros levantamientos derivarían hasta ser una guerra civil. Sea como fuere, su duración, la espantosa sangría que ha supuesto (más de 400.000 muertos, sí, ha leído bien) y su eventual fin por agotamiento parecen ahora más o menos cerca.

Todo esto sucede solo por algo tan sencillo como que Washington, y no el del criticado Trump, sino el de Obama, rehusó amparar abiertamente la rebelión social que hace unos siete años (tampoco hay fecha fija) dibujó una seria amenaza para un régimen inmutable encarnado en un clan alauí, la familia El-Asad.

Washington valora el escenario como producto de una concepción geoestratégica que hasta un aficionado habría podido apreciar y prever: la de Moscú, cuyo régimen, nunca abandonaría a su aliado sirio porque percibe a Siria como una salida segura al Mediterráneo, con una base aeronaval de importancia extrema en un aledaño del puerto de Tartus que, entre una relativa indiferencia internacional, fue elevada en enero pasado de su viejo status a la categoría de «base estratégica cedida a Rusia por los próximos 49 años».

Lo dicho bastaría para entender por qué Moscú ha respaldado tan a fondo al régimen, técnicamente baasista (socialista pan-árabe) y de hecho familiar-confesional, y se puede ver también la mano de un Vladimir Putin que, abiertamente, dio por concluido el proceso de normalización exterior abierto con Gorbachov e interrumpido por él y su equipo, que asumen, defienden y refuerzan una Rusia militarmente bien dotada, gran productora y vendedora de armas y lista para defender sin vacilación alguna su hinterland de seguridad en el que el Mediterráneo oriental es un factor capital. Todo eso, el peso de Moscú hasta hacer vencer al campo pro-Asad sobre el terreno explica que hoy se hable de paz en Ginebra y de terminar casi a cualquier precio la matanza. Es posible y, visto lo visto, deseable...

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