EN EL SILENCIO DE LA MADRUGADA

FRANCISCO MOYANO

ENlos tiempos que corren (para algunos más bien vuelan) existe una sensibilización social muy acusada con respecto al índice de ruido, es decir, la contaminación acústica. Nos molesta desde los ladridos de un perro, pasando por el claxon de un coche, y hasta los cohetes de un acontecimiento festivo. En ese catálogo, cada vez más amplio, de ruidos que se solicita (frecuentemente por vía judicial) que sean proscritos, se encuentran las campanas de las iglesias y los relojes de sus campanarios. Algo de eso sabe el párroco de la Iglesia de San Pedro de Alcántara. Por supuesto se trata de aspectos polémicos, con opiniones para todos los gustos. En su momento las campanas de los templos, e incluso de las pequeñas capillas, cumplieron con una labor de comunicación social muy importante y valorada; de cualquier forma los tiempos han cambiado y el argumento de la tradición no casa muy bien ni con la receptividad de la ciudadanía actual ni con la legislación en vigor. Habrá que buscar el término medio; lo que antes se llamaba consenso y que ahora parece concebirse como algo 'viejuno', propio de lo que los partidos populistas, erigidos en adalides de la progresía, llaman el 'Régimen del setenta y ocho'. En otras ocasiones he recordado que Marbella, en las primeras décadas del siglo XX y en las inmediatas a la finalización de la Guerra Civil, era una ciudad con un elevado índice de pobreza. Un veterano, que vivió su infancia en los años veinte, me contaba que, en los momentos en que comenzó la Guerra Civil, tras el golpe de estado fallido, las familias que poseían un receptor de radio en Marbella eran muy pocas y que resultaban frecuentes las reuniones en las casas de los afortunados para tener conocimiento de los partes de guerra. También seguían las terribles, prácticamente aterradoras, alocuciones que cada noche, desde Radio Sevilla pronunciaba el General Queipo de Llano. Al fin y al cabo un aparato de radio podía considerarse un artículo de lujo y totalmente prescindible, pero tampoco abundaban adelantos mucho más modestos y con un empleo cotidiano importante. Así ocurría con los relojes despertadores, a los que solamente había que recordar darle cuerda. Pero en Marbella, estos artilugios tan sofisticados, no se prodigaban. Sin que nadie protestase por el ruido, el silencio de las madrugadas se veía roto por las voces y las cornetas de los policías municipales conocidos como 'serenos' que se encargaban de vociferar las horas en punto: « las cuatro de la madrugada y sereno (o lloviendo)». El cometido de proclamar la hora era que los trabajadores de los diferentes sectores, de manera muy especial los pescadores, no se quedasen dormidos y pudiesen llegar puntuales a su tareas laborales. Los 'serenos' se acompañaban de un toque de corneta. De esta forma nadie llegaba tarde y se despertaban los que tenían la obligación y todos los demás. Que se sepa nunca fue un 'sereno' quien se quedó dormido. El toque de corneta y consiguiente perorata se realizaban en dos lugares estratégicos: el Puente de Ronda y el Puente de Málaga. Algo así sería impensable hoy día; de ese cometido ya se encarga el camión de recogida de basuras y los jóvenes que llegan de la dura tarea de la juerga nocturna demostrando que los equipos de sonido de sus coches son extraordinarios, también en la madrugada. Cuando los serenos desaparecieron, de la tarea de despertar al vecindario, se encargaron los denominados 'llamadores', que iban personalmente a las casas de los que debían levantarse y les pegaban en la puerta o, a voz en grito, los llamaban desde la calle. Los 'llamadores' ejercían su tarea fundamentalmente con los pescadores, que debían zarpar a diferentes horas de la madrugada. También avisaban a los clientes de los taxistas que se trasladaban, por ejemplo, a Málaga para solventar asuntos administrativos o comerciales. Los 'llamadores' eran más discretos que los 'serenos' y constituían un oficio desaparecido del que casi no queda ni la memoria. Después de ellos llegó el esplendor del reloj despertador, hasta su declive actual, suplantado por los móviles, eso sí, con el mismo grado de antipatía cada vez que su irreverente pitido nos traslada desde el estado del sueño a la dureza de la cotidianeidad diaria.

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