Sijena

JOSÉ MARÍA ROMERA

Primero te indignas y luego buscas un motivo al que adjudicar tu indignación. Ese es uno de los principios inamovibles del buen fanático. En el caso Sijena no todos los enfervorizados de ambos bandos sabían explicar con precisión el porqué de su ira o de su júbilo. Una periodista se molestó en indagar cuántos de los asistentes a las concentraciones contra el supuesto saqueo conocían las piezas en litigio y resultó que solo uno de cada veinte las había llegado a ver en los museos donde llevaban años expuestas. Algo parecido ocurría en el frente contrario, donde la alegría por el rescate no parecía incompatible con el desconocimiento del botín recobrado. Pero nada impidió que los ánimos se caldearan, lo que vuelve a demostrar el estrecho vínculo que en este país une cultura y postureo. Estaba en juego la titularidad de unos bienes del patrimonio histórico, pero no hubiera sido diferente si la batalla se librase a propósito de un canal de riego o de un sello de denominación de origen. El patriotismo se encuentra cómodo deambulando entre pronombres personales y posesivos. No hay más que decir a la gente de buena fe que ellos vienen a robarnos a nosotros algo que nos pertenece para tener montada al instante una rebelión de dimensiones históricas.

Lo positivo del caso ha sido descubrir el insólito aprecio de las gentes de todo rango y condición hacia los bienes culturales. Donde creíamos que reinaban la incuria, el abandono y la indiferencia absoluta hacia el legado artístico del pasado, resulta que se escondía un profundo amor al arte que a no dudar pronto irá dando buenos frutos. Se avecina una edad de oro en la que los coleccionistas irán devolviendo tallas, retablos y joyas compradas a salteadores de palacios e iglesias. Los grandes museos del mundo restituirán a sus países de procedencia los sarcófagos y los capiteles sustraídos por generaciones anteriores, y habrá colectas en pueblos y comarcas para sufragar los gastos de restauración de castillos que llevan siglos viniéndose abajo. Sin embargo, no está tan claro que vaya a ocurrir también con el patrimonio de origen religioso. El arte diseminado en monasterios, basílicas y ermitas ha sufrido siempre una amenaza complementaria, a la que no era ajena el propio clero encargado de su custodia. Al lado de la ruina provocada por el descuido por la acción predadora de los traficantes estaba la codicia de abades y párrocos sin escrúpulos para redondear sus pobres ingresos con la venta de cálices, crucifijos, bordados, imágenes y otras bisuterías. En el caso Sijena hemos oído acusaciones lanzadas contra ministros y consejeros, museólogos y restauradores, jueces y funcionarios. Pero apenas si se ha mencionado a las monjas que durante décadas sometieron al monasterio a un pillaje sistemático, al margen de competencias territoriales y autonómicas. Quizá también la Iglesia debería pronunciarse al respecto.

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