¿Sigue importando la verdad?

Los hechos y la información contrastada son esenciales para el funcionamiento democrático. Publicar información falsa es fácil y la tecnología no distingue entre rumores, infundios o hechos confirmados

MANUEL LÓPEZ MESTANZAGESTOR CULTURAL Y PRIMER TENIENTE DE ALCALDE DEL AYTO. DE ALHAURÍN DE LA TORRE

Lenin, Goebbels, no importa quién: una mentira contada muchas veces se convierte en verdad. Hoy, los móviles se han convertido en los antiguos panfletos y la verdad se erosiona a pasos agigantados a través de redes sociales y aplicaciones como Whatsapp. Miles de notificaciones, amenazas de muerte y violación, insultos machistas, fotos intimidatorias... Todo, desde el más cobarde anonimato y con un odio visceral, está arruinando las redes sociales. Ryan Martin, profesor de psicología de la Universidad de Wisconsin, habla de ejército de termitas humanas que propagan una emoción como la ira con una rapidez nunca vista en la historia de la humanidad, porque somos más dados a compartir con desconocidos la indignación que la dicha. A las redes ha llegado para quedarse esa polución psíquica, esa suma de pensamientos neuróticos que producimos permanentemente, término inventado por Jean Baudrillard hace dos décadas. Y es que, tener conversaciones profundas en Internet es casi una tarea utópica. Bien es cierto que hay que expresar opiniones, intentar debatir, mostrar nuestros pensamientos, pero nadie puede ser sometido a un abuso online en una continua crispación que hace imposible una conversación y que está dirigida por ese anonimato: la invasión de los idiotas, como decía Umberto Eco. De ahí que la impunidad parezca real y por ello, al igual que en el resto de medios o escenarios así lo exigimos, en las redes tiene que existir igual respeto.

Javier Gomá, una de las mejores mentes de este país, advierte de una orgía de criticismo destructivo y errático que impera en las redes y donde no importan los hechos y los argumentos. Y, a pesar de que hoy existen muchos revolucionarios de redes sociales, el filósofo italiano Giorgio Agamben, en su ensayo titulado ¿Qué es un dispositivo?, llega a la conclusión de que también hoy «tenemos el cuerpo social más dócil y cobarde que se haya dado jamás en la historia de la humanidad». Y añade: «pensad desde la paranoia: parece que alguien se ha puesto a aplicar aquella máxima de divide y vencerás, o mejor: atomiza y tendrá una multitud de individuos solitarios, dóciles y cobardes». Contundente el filósofo en sus conclusiones y en mostrar dos nuevas clases sociales: los seres vivos (el ser humano) y los dispositivos, «una especie de redes que sirven para capturar a los primeros y tiranizarlos».

¿Son las redes el nuevo opio del pueblo? Lo evidente es que ha cambiado la forma en que la gente protesta y ello tiene su reflejo en los medios de comunicación. La participación digital es ya una constante en nuestra vida diaria porque el esfuerzo es mínimo y cualquier internauta puede generar contenidos políticos propios. El slacktivism, o activismo blando lo llaman unos; el activismo de sofá lo llaman otros; el activismo holgazán lo llaman los más escépticos. La realidad es que cada vez existe más gente encerrada en unas parcelas de comodidad donde el único sonido que les llega es el eco de sus propios comentarios. Facebook o Twiter convertidos en una cámara de los espejos, como bien dijo el profesor Enrique Dans. Nuestras creencias se amplifican como cámaras de eco digitales y parece que todo el que nos rodea está de acuerdo con nosotros, llevando a las redes sociales a la creación de burbujas ideológicas.

Y lo que sí es cierto también es que, a raíz del 15 M, las redes se politizaron de forma descomunal, llevándolas a un campo donde el insulto y el radicalismo son utilizados por muchos, incluidas las televisiones que han fomentado, algunas más que otras, la tertulianización de la política, dando pie a una política del entretenimiento (politainment) en la que todo parece encajar. Valgan como ejemplos la campaña electoral que ha llevado a Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos. o a la campaña del Brexit, que ha sido la primera de la era de la política de la posverdad. En este caso ni los ganadores tenían un plan y han admitido que muchas de las afirmaciones y promesas eran falsas. En esta era digital es más fácil que nunca publicar información falsa.

Katherine Viner, directora de 'The Guardian', en un artículo publicado en el desaparecido semanario Ahora y titulado ¿Cómo la tecnología altera la verdad?, viene a decir que normalmente «sobre cada tema hay varias verdades en conflicto, pero en la era de la imprenta las palabras en una página fijaban las cosas, fueran ciertas o no; la información parecía verdad, al menos hasta que el día siguiente trajera una actualización o corrección, y todos compartíamos una serie de hechos». A veces me pregunto si sigue importando la verdad cuando las redes sociales se han comido las noticias y las opiniones están sustituyendo a los hechos. Hoy, para muchos, lo único que importa es si la gente clica o retuitea, si una noticia se hace viral. No importa si es real o no. Mucha gente reenvía lo que otros piensan aunque la información sea falsa, incorrecta o incompleta. De ahí la importancia trascendental de los medios de comunicación serios, con una trayectoria importante: los hechos y la información contrastada son esenciales para el funcionamiento democrático. Publicar información falsa es fácil y la tecnología no distingue entre rumores, infundios o hechos confirmados.

Llegados a este punto, ¿dónde quedan las personas que, como dijo Emilio Lledó, son sobre todo palabra, comunicación y lenguaje? ¿Hemos llegado a la paranoia de los protagonistas del primer capítulo de la tercera temporada de la aclamada serie 'Black Mirror' donde sólo importa cómo nos ven los demás? Recomiendo con fervor ver el mismo y leer a Evgeny Morozov (El desengaño de Internet: los mitos de la libertad en la red, o La locura del solucionismo tecnológico). No obstante, de momento y a pesar de todo, sigo siendo optimista.

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