Siempre ha sido así

IMANOL VILLA

Más allá de la crónica de lo sucedido está lo desconocido. Como de costumbre, cuando acaba un año nos vemos forzados a recuperar del pasado todo lo mejor y peor que hemos vivido a lo largo de esos 365 días con vocación obligada de convertirse en historia. Sin embargo, otro sentimiento nos invade de forma paralela al del recuerdo: la inquietud sobre lo que ha de venir. El futuro se presenta así, de golpe, como un universo lleno de inquietudes y posibilidades de mejora y, lo que es más importante, como la oportunidad para no volver a repetir los mismos errores de antaño. La certidumbre se mezcla con la incertidumbre de manera que a cada campanada que anticipa el año nuevo nuestros pensamientos se dirigen hacia el futuro pues el pasado, pasado está. Pocos desean en ese instante repetir lo mismo que hicieron. Nadie quiere una vida al estilo del día de la marmota. A lo sumo rogamos «virgencita, virgencita, que me quede como estoy».

Más allá de los deseos individuales concretados en los tópicos de gimnasio e idiomas, aspiramos como colectivo a una mejora progresiva del estado del mundo, del nuestro y de ese otro que está más allá. Pocas situaciones hay tan dramáticas como la de percatarse de que, a pesar del paso de los años, aún perviven miserias cuya evolución, se nos antoja, solo es posible dentro de los límites de la inquina y de la maldad. Y aunque sentimos el avance de los tiempos, nos obligan a admitir que hay cosas, la mayor parte negativas, que han sido siempre así como si fuéramos incapaces de desentrañar sus mecanismos y hacerlas frente para provocar su cambio o su desaparición. Nos conformamos al admitir que todas ellas forman parte inherente a nuestra existencia y que el mundo no sería el mismo sin ellas. Es esta admisión de lo que consideramos irremediable la que, a buen seguro, impide el progreso y la mejora del mundo en el que habitamos. Es esta negativa a aprender del pasado la que provoca que cada año mueran más mujeres a manos de hombres canallas, que hay niños de 12 años convertidos ya en matones de escuela, que los refugiados venidos de allá y acá acaben hacinados en campos míseros, que un puñado de radicales embarquen y embauquen a un pueblo entero al grito de «¡independencia!», que la ineptitud y la mediocridad otorguen dividendos para alcanzar el poder allá donde solo los discretos y los sensatos deberían conseguirlo, véase Trump, Putin, por ejemplo; y que nos encontremos en la era del relativismo, en la que hasta los valores que nos hacen humanos son puestos en cuestión.

El límite entre el viejo y el nuevo año debería de ser la línea roja que marcara una reacción clara, posterior a la reflexión sobre lo que de verdad ha de cambiar el mundo. El límite impuesto por el tiempo para no repetirlo. La prohibición para no decir, como si de un mantra de la resignación se tratara, que muchas de las cosas malas que pasan, ocurren porque siempre ha sido así.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos