Una sequía de imagen bíblica

DIEGO CARCEDO

No estamos en tiempos de milagros ni de imágenes del fin de los siglos pero la sequía que asola nuestras vidas empieza a cobrar imágenes bíblicas. Llegar a finales de noviembre, cuando ya tendríamos que estar esquiando y empapados por la humedad, mirando al cielo azul, protegiéndonos de un sol radiante y viendo cómo las fuentes se secan, los ríos van desapareciendo y el aire que respiramos se carga de gases, es nuevo para las actuales generaciones y especialmente preocupante para las futuras. ¿Se trata de un fenómeno coyuntural o es algo duradero?

Siempre ha habido sequías, antes se las calificaba de pertinaces, y la falta prolongada de lluvias movía la fe mayormente de los campesinos implorando con rogativas que las nubes empezasen a descargar el agua que almacenaban en el firmamento. Pero como en esta ocasión, al menos que recuerden las estadísticas meteorológicas, parece que sequías tan prolongadas nunca se han dado. Quizás lo que falle es la memoria colectiva aunque muchos expertos prefieren echarle la culpa a la naturaleza y al cambio climático contra el que vienen alertando.

Afortunadamente la economía española ya no depende tanto como en el pasado de la agricultura y la ganadería. Pero no por eso la sequía deja de causar trastornos y daños que de alguna manera nos afectan a todos. Los fabricantes y vendedores de prendas de vestir, y nada digamos de ropa de montaña, aseguran que esta prolongación sin límite previsto del verano les está arruinando los negocios. Algo que en cambio no lamentan los propietarios de bares y cafeterías que continúan explotando las terrazas y dando opciones a los fumadores igual que en agosto.

Pero, al margen de anécdotas, que se repiten por todas partes, la preocupación que este tiempo soleado proporciona es general. La imagen de los pantanos quedándose secos, con los restos de los antiguos pueblos emergiendo como en un cuento de hadas, es la amenaza más visible de una sed que, si bien no será real para las gargantas, sí afectará al suministro a las poblaciones, bastantes ya sufriendo restricciones que siempre acaban dificultando la higiene personal, la limpieza pública y como consecuencia, la salud de las personas.

Todavía no se conocen en detalle datos sobre los problemas y costes que está suponiendo la sequía. Aparte de la ruina del medio rural, donde los agricultores claman por ayudas, también los habitantes urbanos están pagando ya más cara la electricidad. Las reservas están por debajo del 28%, menos de un tercio de su capacidad total. Y entre tanto, las perspectivas que se vislumbran de que esta situación cambie a corto plazo son escasas. Quien más quien menos mira con frustración en las pantallas de la televisión unas isobaras que día tras día hunden la esperanza.

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