Señoras

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Ni envejecer tranquilas nos dejan. El machismo, el heteropatriarcado, es decir la cultura en que vivimos, es que no se cansa. Está el escándalo de los abusos sexuales, un horror cotidiano, endémico, arcano, sobre el que las denuncias caían en saco roto y que ahora muchos hipócritamente descubren, hasta convertirlo en 'personaje del año' en 'Time', y aflora la vieja, oculta y constante demonización de las 'señoras' y aún más de las 'señoras mayores'. La reciente polémica entre Álex de la Iglesia y Elvira Lindo pone de relieve que el desprecio hacia las mujeres que envejecen está clavado hondo en el pensamiento común. Hasta acepta el director de cine que él es una 'señora mayor' como si quisiera con eso admitir que 'el mal' empieza por él mismo.

Habrán visto, y si no corran a hacerlo, el 'trap' de PlayGround titulado 'Velaske, yo soi guapa?', en el que la infanta Margarita, la del cuadro de Las Meninas, pregunta al pintor con insistencia, porque aunque tiene cinco años y es el siglo XVII, sabe que «si no soy guapa no me caso». Por eso no te preocupes, le dice el pintor, te van a casar a la fuerza con tu tío Leopoldo.

En fin, desde niñas llevamos encima la cruz de la imagen física. Cuando todo decae, la sociedad nos da la espalda. Está acuñado que las mujeres a partir de los cincuenta se vuelven invisibles.

La juventud es algo que se cura con el tiempo, está claro, y demasiado tarde, como describió de forma dramática Gil de Biedma, comprendemos que no volveremos a ser jóvenes, «que la vida iba en serio». Eso afecta por igual al género humano, pero por alguna razón misteriosa, los 'señores' ganan en respetabilidad y ni ocultan (en general) sus canas, ni se privan de cebar sus barrigas cerveceras. Las mujeres, en cambio, simplemente desaparecen o, lo que es peor, se convierten en objetos de ridículo. Incluso si luchan por mantenerse, porque, ya decía un poeta árabe, tiño mi pelo blanco para que no te engañes, porque sigo siendo joven.

Envejecer es inefable, pero hacerlo bien supone todo un arte.

Sin embargo, como tantos ítems de nuestra cultura común, al final resulta que los hombres mayores y solos son mucho más dependientes, inútiles, frágiles y menos autónomos. Las mujeres, en cambio, a esa edad que tanto incomoda, estamos tan hartas de aguantar que, sinceramente, queridos, nos importa un bledo, como diría Rhett Butler. Ahí os quedáis con vuestros prejuicios, vuestra absurda mirada. Nosotras, sí, llenamos museos, librerías, calles y cafés, viajamos y disfrutamos, al fin y sobre todo, de nuestra propia compañía.

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