Señora Soledad

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Nunca supe su verdadero nombre, cosa de la que me arrepiento, y espero estar todavía a tiempo de poder presentarme como es debido. De momento, y hasta entonces, la llamaremos señora Soledad. Hace tiempo que no la veo, y ahora mientras escribo estas líneas me acuerdo de ella y me da un pellizco de preocupación. Durante varios años hemos tenido horarios similares: yo sacaba a pasear a Nori por la mañana, ella salía a sus quehaceres diarios. Con la señora Soledad la conversación era siempre una, la misma y, como en el día de la marmota, le hacía gracia el perro y preguntaba si era macho o hembra. Así, todos los días, la misma duda eterna. Siempre le explicaba lo mismo y más o menos con las mismas palabras, pero se ve que de un día para el otro ya no nos reconocía, y volvía sobre la cuestión, como si fuese algo muy importante.

No sé casi nada de su vida. Sé que es la vecina del portal de enfrente, donde debe haber vivido buena parte de su vida. Cuando yo me mudé, ella ya estaba allí, y ya era bastante mayor. Sé que es viuda, porque me lo dijo una vez; sé que tuvo al menos un peludillo parecido al mío alguna vez, pero ahora no se veía con fuerza para mantener a ninguna mascota, eso también lo dijo. No sé si tuvo hijos. Pero sí sé que estaba muy sola. Eso último lo podía deducir fácilmente, no había que ser ningún lumbreras para darse cuenta. La anciana necesitaba imperiosamente hablar con alguien que le diera confianza suficiente, fuese o no conocido. Probablemente, ese ratito de indagaciones reiterativas sobre el sexo del can y lo bonito y lo blanco que es se sumarían a la hora de la compra y a alguna vecina de buen corazón para configurar su escaso universo social. Tampoco le conocí nunca una cuidadora. Tan necesitada de hablar estaba, que en más de una ocasión me llegó a preguntar, como siempre, por el perro, mientras yo hablaba por el móvil, cosa que es bastante habitual, por motivos de trabajo. En aquellas ocasiones, le tenía que señalar el terminal con un gesto y la pobre se resignaba y seguía su lento camino, silenciosa, calle abajo.

Hace tiempo que no la veo. Seguramente ya no tenga fuerzas para seguir saliendo a dar sus paseos sola; o algo peor. La Diputación de Málaga ha demostrado sensibilidad y visión al anunciar un plan específico para combatir la que ya es una de las peores epidemias de nuestro tiempo. Que se haga pronto realidad y que cunda su ejemplo entre el resto de instituciones, también entre las personas que tienen familiares y vecinos que viven solos. Que le sobre la compañía a la señora Soledad...

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