La Tribuna

El 155 y un Senado inútil

Quién me iba a decir a mí que treinta años después el citado artículo iba a estar en boca de todo el mundo, en todos los bares, en las tertulias de todos los medios de comunicación...

JAIME AGUILERAESCRITOR Y JURISTA

Había sido mi asignatura preferida, lástima que la profesora de nombre rancio castellano -Fuencisla- no había acompañado demasiado a unos contenidos tan atractivos que repasaban la teoría de nación y, sobre todo, la historia del constitucionalismo español. Cuando se acercaba ya la finalización del curso académico me ofrecí a presentarle un trabajo para subir del notable alto al sobresaliente: la reforma del Senado español.

Después de días intensos de trabajo, de lectura de bibliografía y de sesuda redacción salieron a la luz nada más y nada menos que alrededor de ochenta páginas analizando el origen, las funciones y el futuro de nuestra Cámara Alta. La conclusión era clara: el Senado definido en el propio texto constitucional como cámara de representación territorial era inexistente; o sea, o se hacía un reforma constitucional o seguiríamos con una cámara irrelevante que sólo actuaba como asamblea de segunda lectura sin derecho de veto alguno.

Ni siquiera se podía hablar de la única excepción donde emergía un Senado que sí se parecía al modelo alemán del que había sido copiado: el artículo 155. En ese momento sí, en el hipotético caso de comunidad autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al presidente de la comunidad autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podía adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones.

Pero, claro, era una excepción tan débil que terminaba por confirmar la norma. En el momento en el que estaba redactando mi trabajo la Constitución había superado los diez años, ya era entonces una de las más longevas de la historia de nuestro país. Tan sólo cabría su aplicación -con una ETA que seguía asesinando- si la entonces Herri Batasuna accedía al poder en el País Vasco, pero ahí estaba el propio Partido Nacionalista Vasco, e incluso el Partido Socialista Vasco, para impedirlo. Conclusión: el Senado no servía de nada porque, total, el único artículo donde sí tenía algo que decir, el 155 que no conocía nadie, no se iba a aplicar nunca.

En lógica coherencia con mis conclusiones dejé de votar a ningún partido en el Senado; eso sí, siempre introducía mi papeleta, nunca me abstenía, pero incluso en una ocasión introduje mi papeleta nula con la frase «Senado supresión».

Quién me iba a decir a mí que treinta años después el citado artículo iba a estar en boca de todo el mundo, en todos los bares, en las tertulias de todos los medios de comunicación, en las comidas familiares y, sobre todo, como constatación definitiva, en los memes de los grupos de whatsapp. Y lo peor no es que se hable, sino que se ha tenido que utilizar, y no precisamente para el País Vasco, sino para una Cataluña donde ha desaparecido un nacionalismo que servía de aliado a la izquierda y a la derecha en Moncloa, un nacionalismo que, no lo olvidemos, hizo hablar catalán en la intimidad hasta al propio Aznar.

Para el apoyo a la aplicación del artículo 155 el Partido Socialista ha exigido a cambio que se ponga encima de la mesa el estudio sobre una reforma constitucional. Pues bien, miren ustedes por donde ese sería el momento para hacer del Senado una auténtica cámara de representación territorial. Nos quedamos cortos copiando únicamente del Bundesrat teutón la transposición del ahora famoso 155, y curiosamente en el seno de padres de la Constitución donde no había vascos -que eran de los que se recelaba- pero sí catalanes -y más de uno-, que esos sí eran de fiar porque siempre iba a imperar el famoso seny que llamaban ellos.

No olvidemos que abrir el melón de esta reforma constitucional puede darle la vuelta al calcetín a esta España mía, esta España nuestra. No ya convirtiéndola en una república -la tercera- donde estoy seguro de que sale elegido 'el ciudadano' Borbón si es que se decide presentarse como candidato a presidirla. El verdadero nudo gordiano es que la soberanía dejaría de residir en el pueblo español y pasará a estar sedimentada en cada uno de los territorios federados que 'voluntariamente' han decidido unirse en una república federal española.

Ese sería el momento donde habría que copiar no un articulito sino prácticamente el texto completo que hoy en día sigue regulando al Bundesrat alemán. Y, ojo, en el hipotético caso de que en este nuevo escenario se tuviera que aplicar el nuevo 155, la mayoría absoluta de la cámara iba a estar sustentada en senadores que están ahí representando a un estado de la república federal española, no a un partido político.

En fin, treinta años después las conclusiones de mi trabajo siguen siendo todas válidas menos una: que era muy improbable que se aplicara el artículo 155. A pesar de ello, Fuencisla no me subió la nota.

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