Los secretos más sórdidos

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Catherine Denueve la ha liado parda al liderar un movimiento contrario al políticamente correcto 'Me too' (yo también) que anima a las actrices que fueron víctimas de acoso a denunciar a sus compañeros de trabajo, ya fueran estos productores -el primer caso, con el que se abrió la veda, fue el del todopoderoso Harvey Weinstein-, actores -la lista la ha encabezado Kevin Spacey y se va nutriendo con Dustin Hoffman, Michael Douglas y James Franco, entre otros-, al igual que directores y guionistas, caza insaciable a toda la fauna de machotes tocones que pulula en torno a esa industria en la que abundan los sepulcros blanqueados, y ahora me viene a la cabeza una novela que recomiendo: 'Los seres queridos', de Evelyn Waugh, la ácida historia de una funeraria de Los Ángeles, con sus estrellas, y los perritos de las mismas, amortajados y listos para acceder a la gloria con la cara estirada, bien vestidos, incluso moviendo la cola, y a los perros me refiero, no sean mal pensados. Pues bien, Madame Denueve no quiere bailarle el agua a Oprah Winfrey en su precampaña presidencial y ha destapado la caja de las esencias con una frase que ya ha hecho historia: «La seducción no es delito, no puede equipararse a un hombre normal con un delincuente sexual, hay mucha hipocresía en todo esto, un feminismo radical, sectario y ultrarreaccionario que quiere indicarnos cómo hablar, cómo hacer el amor y qué opinar».

No anda descaminada la protagonista del filme de Buñuel 'Belle de jour', donde la fantasía sexual desatada por una casta ama de casa de la burguesía no hace mal a nadie, no se equivoca Deneuve, sólo pone el dedo en la llaga; y es que llama la atención que ahora se rasguen las vestiduras, a tiempo pasado, determinadas actrices que tenían conocimiento a fondo de este asunto en un hábitat donde el 'do ut des', dar para recibir, ha sido, desde el cine mudo, una constante moneda de cambio, el santo y seña de la profesión, y los escándalos se han sucedido, y se han ido alimentando, con truculenta violencia y morbo, formando parte del mismísimo negocio. Kenneth Anger describió con detalle, en su famoso manual del cotilleo sórdido titulado 'Hollywood Babilonia', las tormentosas existencias de las actrices y actores cuando se apagaban los focos, que en ocasiones terminaban en desgarros letales y ruinas personales; casos paradigmáticos fueron los del cómico Fatty Arbuckle en los años veinte y en los cincuenta el asesinato de Stompanato, el chulo de Lana Turner, mientras la maltrataba. Pero convendrán conmigo que lo políticamente correcto muchas veces sólo sirve para acallar conciencias, y no importa hundir carreras y pulverizar prestigios, como es el caso de Kevin Spacey, que rumia sus pecados en una clínica psiquiátrica a la vez que la productora Netflix le ha retirado de la serie 'House of cards', o el de James Franco, que está teniendo problemas para distribuir su última película. Eso ha sido Hollywood desde su nacimiento: humillación, calumnia y miedo.

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