El secreto del fracaso

LORENZO SILVA

En los últimos tiempos son cada vez más los medios que se hacen eco del cansancio, el hartazgo e incluso el abandono de usuarios de las redes sociales. Hay quien dice que el que fuera el juguete preferido de los informáticos en la primera década del siglo ya está pasado de moda entre los que parten el bacalao en Silicon Valley, cuyos gurús no dejan a sus hijos abrirse perfiles en redes sociales y están mucho más pendientes de los nuevos juguetes, desde el blockchain a la inteligencia artificial.

La tontuna de los 'me gusta', o la aturdida viralidad de las naderías a través del retuiteo o el etiquetado irreflexivos son ya cosa del pasado; ese al que aún están enganchados millones de seres humanos porque todavía no se han enterado de que no es nada y a nada lleva, más que a estabularlos en granjas virtuales de extracción masiva de datos. Algo así como lo que pasó con la televisión en abierto, cuando empezaron a surgir alternativas de mayor calidad y diversidad: sólo los perezosos, o quienes no tienen alternativa, se mantienen afectos a ese invento del siglo XX que emite a hora fija programas con el menor coste de producción posible, para amontonar anuncios entre medias. Perdura apenas el encanto de las redes para quienes han encontrado en ellas una manera de matar los ratos muertos, un instrumento para la exhibición continua de su vida o una droga que se descarga en chutes banales de novedad y atención por parte de otros. Quienes buscaban en ellas un vehículo para la comunicación con los demás, una ventana para recibir información valiosa, o una forma de hacer más relevante su actividad, van poco a poco desengañándose con las prestaciones de unas herramientas que en los últimos años, además, han vivido un proceso de deterioro y depauperación acelerados.

El secreto del fracaso de las redes como herramienta de comunicación no es otro que su marcada tendencia, deliberada o no, a favorecer la generación de contenidos inertes: mensajes que no transmiten nada valioso y no son más que inyecciones de hiel, ignorancia o puro aburrimiento. En su pérdida de interés como ventana al mundo influye el desarrollo de mecanismos de difusión de noticias maliciosas, falsas o sin más infundadas, por emisores que, pretendiéndolo o sin buscarlo, acaban recluyendo al receptor en un perverso filtro burbuja. Y en la mengua de su poder de convicción pesan las estrategias de monetización de las compañías que las explotan -incluida la venta pura y dura de relevancia- y la fatiga de la gente ante las ocurrencias de los tuiteros, desde Trump a Rufián, cuyo afán por influir en 140 o 280 caracteres está abocado a un irremediable declive.

Todo pasa y todo queda, escribió el poeta. A ver qué queda al final de esta fiebre, que tuvo mucho de espejismo.

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