Santa y en paz

Santa y en paz
Por ahora

En un acto de auténtico caudillaje regañan por mantener la ancestral costumbre -el Viernes Santo- de poner la bandera a media asta. Respetar a todos no es hacer invisible a la mayoría ni hacerla renunciar a sus costumbres y tradiciones

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

A la vuelta de las nevadas, la lluvia y el viento, la primavera empieza a asomar más allá de su fecha técnico-meteorológica. No se adelantó esta vez, al contrario. Los índices de polen andarán como siempre, aunque habrá quien publique que su nivel es el más alto de los últimos tropecientos años. Hoy es domingo de Resurrección, termina la Semana Santa, la religiosa y la puramente vacacional. Han sido millones de desplazamientos y, en algunos destinos turísticos se ha tocado la campana de temporada alta, que ya no terminará hasta septiembre.

En España, la inmensa riqueza cultural hace que la celebración tradicional de la Semana Santa sea general y muy distinta en cada ciudad, pueblo o aldea. Diferencias que se producen entre pueblos limítrofes incluso. Aunque haya quien quiera mirar grosso modo al horizonte queriendo ver que en ésta u otra zona es celebración idéntica o similar, no es así. Y mientras en unas localidades hay procesiones, en la de al lado hay una representación teatral peculiar de la vida y pasión de Cristo que dura días o que lo hace sólo uno, en la que suele participar el pueblo entero. La forma en que la tradición ha cobrado vida aquí o allí tiene más diferencias que similitudes y va más allá de suntuosidades, capirotes o capiruchos, bandas, túnicas, enseres, imágenes o cruces diferentes. Más allá de austeridades o brillos cromáticos, recogimiento o bullicio.

Minoritariamente se alzan voces que regañan por mantener la ancestral costumbre -el Viernes Santo- de poner la bandera a media asta. Voces que reclaman que ninguna representación militar participe ni activa ni pasivamente en acto, comitiva, acompañamiento, traslado o procesión alguna. Unas porque presumen que somos un estado laico, otras -refiriéndose más correctamente al estado aconfesional-, pero olvidan como se refiere la Constitución a las relaciones con «la Iglesia Católica y las demás confesiones». Olvidan que respetar nuestras tradiciones es también democracia y que las instituciones lo son para el pueblo, no para el estado sintético de los políticamente correcto 'chupi-guay' que algunos representantes públicos predican mientras acuden en tropel a fotografiarse allá donde haya aglomeraciones o asistentes. Respetar a todos no es hacer invisible a la mayoría ni hacerla renunciar a costumbres y tradiciones masivamente queridas. Son cosas del caudillaje con el que sueñan determinados personajes, una cierta vocación de Moisés para llevarnos en peregrinación a no se sabe dónde.

Y los 'avisos' se suceden, unos los hacen desde una actitud de 'soy estupendo' y otros faltan el respeto llamando 'muñecos' a las imágenes que se veneran o procesionan, acusando de franquistas determinadas celebraciones o actos, reprochando a ministros o responsables gubernamentales su asistencia, etc. etc. Y no digamos a los que demandan respeto para otras confesiones proponiendo acabar con la presencia en la calle y en la sociedad de determinados signos cuya estancia se eleva en casos a los últimos dos mil años. Amén de ese intenso rumor de que llevarán procesiones y representaciones al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo para impedir su continuidad. Definitivamente nuestra sociedad no necesita santones de la derogación, de la desaparición, de la modificación o transformación de nuestras costumbres, creencias o manifestaciones. El equilibrio constitucional de separación Iglesia-Estado data de 1978, la libertad religiosa, la tolerancia y el respeto instituidos son los de una consolidada democracia y felicitar el Ramadán no puede estar reñido con hacerlo al resto de las confesiones, entre ellas la mayoritaria en España.

Por cierto el viernes por la noche comenzó la Pascua judía y los felicitadores de lo políticamente perfecto no aparecieron, se ve que no encuentran ventajas en ello. Pesaj Sameaj -feliz Pascua- en Sefarad.

Ya se apagan los tambores, se han guardado las túnicas y las velas, los bastones, mazas, bocinas, guiones y estandartes, aguardan hasta el año que viene. Hermandades, cofradías, órdenes terciarias, archicofradías, consejos y agrupaciones, hacen balance de sus desfiles, representaciones y actos. Volverán el año que viene, pues quieren conmemorar la vida, pasión y muerte de Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre. Un judío de Nazaret que nos llamó a todos hijos de Dios, iguales y dignos de ser queridos. Cristo nos enseñó la misericordia, la tolerancia, el respeto, la convivencia, la comprensión, el perdón y el amor. Su mensaje es inigualable para los que crean y para los que no crean. Celebrar su existencia y seguir sus enseñanzas sólo nos lleva a soñar con un mundo mejor. A nadie daña y a nadie debe excluir, desde el respeto a todos.

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