Sandra es un ángel

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FRANCISCO APAOLAZA

Sandra es leve, alta, larga, una espiga de trigo. La mueve algún tipo de viento solar que solo ella percibe y oscila entonces con elegante fragilidad como la llama de una vela. A veces parece inexpugnable y, otras, siente uno el impulso de rodearla con las palmas huecas de las manos para que la corriente de una ventana no la apague, para que nada la moleste. Sandra Ibarra sabe de la fugacidad del mundo y eso la hace única. Ese es su tesoro y su condena desde que hace unos años, cuando a una supermodelo de la España de los 90, le dijeron que quizás tuviera fecha de caducidad y, de pronto, aquella diosa volvía a ser «una chica de Medina del Campo que tiene cáncer».

La tercera vez que Sandra vino al mundo se decidió a cambiar las cosas, ayudar a los que sufrían la enfermedad y también a romper tabúes. Sigue en ese empeño. Ahora se ha propuesto una empresa fuerte. Acaba de publicar junto a Juan Ramón Lucas 'Diario de vida'. Sandra se ha propuesto crear un enorme registro de supervivientes al cáncer al que puede apuntarse todo el que quiera contar su historia (Fundacionsandraibarra.org). Se pregunta por qué hay registros de muertos y no de vivos, y yo creo que los registros de los supervivientes a lo que sea son menos porque nunca son definitivos y al final todos nos terminamos por desapuntar. También porque vemos solo a los que se van. Somos enviados de la ausencia, fábricas de melancolía.

Reconocer a los vivos. Saltar al sol. Ayudar a los que se quedan. La idea resulta inspiradora. Saber que se sobrevive al cáncer, contarlo y demostrar lo que debería ser obvio: que todos somos supervientes; súper vivientes. No somos más que eso. Ni menos. Saber que la vida es un rato, ¡pero qué rato! No pretende ser una lección porque Sandra no da lecciones, ni siquiera cuando Juanra y yo hacemos el loco y nos partimos la crisma en la cara de los toros por esos encierros de dios. Pero la luz está dentro de ella y la transmite en la cuneta de una curva a la que llega el aire mentolado de un bosque lejano de eucaliptos, o mientras la frecuencia cardíaca ametralla el pecho después de una galopada por la playa. El secreto no es solo estar; es saber que se está, comprender que somos una eterna paradoja para la que la conciencia de lo finito despliega dimensiones eternas. Es averiguar que el mejor regalo de la vida es vivirla.

Sandra Ibarra es un ángel. Tiene un mensaje para entregaros y es importante. Escuchadla.

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