¡Salvados!

Maria Dolores Tortosa
MARIA DOLORES TORTOSA

LA absolución de los bomberos sevillanos debe marcar un antes y un después en la persecución que desde hace un tiempo sufren aquellas personas que ejercen labores humanitarias en las fronteras migratorias. Es obvio y de sentido común que salvar vidas nunca puede ser considerado delito ni ser confundido con las mafias que ganan dinero con la ilusión de una vida mejor. Por ello es tan fácil convencer a la opinión pública cuando se pone en tela de juicio -literal- esta máxima. Cuando además esto ocurre en la Europa de los derechos humanos, la respuesta no puede ser otra que la que ha sido con los tres andaluces, un respaldo sin fisuras de instituciones y partidos. El final feliz de ayer en Mitilene con Manuel Blanco, Julio Latorre y Quique Rodríguez emocionados, agradecidos y abrazados a los diputados y consejera de Justicia andaluces tras el veredicto del tribunal griego parece el de una de esas frecuentes películas americanas basadas en hechos reales. La reflexión, sin embargo, que deben hacerse es por qué y cómo se ha llegado hasta ese momento.

Blanco, Julio y Quique llevan dos años haciéndose esas mismas preguntas. Viajaron a Lesbos con todos los papeles en regla y parabienes de las autoridades helenas para colaborar en el auxilio de los refugiados sirios, para que no se ahogaran en el pequeño trozo de agua que separan las costas turcas de las griegas en aquella avalancha de seres humanos huyendo de la guerra o del hambre. Una historia mil veces repetida en el Mediterráneo. ¿Les suena al Estrecho de Gibraltar y a las pateras? Los guardacostas, que ayer les defendieron en el juicio, fueron instados a detenerles no se sabe por qué extraña razón haciéndoles aparecer como mafiosos. Pasaron dos días en un calabozo, pagaron una fianza y volvieron a casa, pero aquí no se terminó la zozobra. La ONG a la que pertenecen, Proem-aid, ha gastado lo poco que tenía en un kafkiano proceso judicial.

Aquel error injusto en su detención ha costado dinero y ha hipotecado de incertidumbre sus vidas y las de sus familias desde aquella mañana de enero de 2016. Ellos son inocentes, está claro, pero no parece haber ninguna inocencia en esas extrañas operaciones de persecución a los activistas voluntarios en un fenómeno tan molesto para los cuellos blancos de Occidente como la inmigración sin papeles. Hay otros 44 casos en Europa. Está el de Helena Maleno, también esperando un juicio injusto en Marruecos con informes policiales españoles señalándola como traficante de personas porque llama a Salvamento Marítimo cuando sabe de una patera a la deriva. A todos, en esta y en la otra orilla, nos alivia la conciencia al saberles ¡salvados! ¿Por qué entonces se persigue a sus salvadores?

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