La firma invitada

Salvad a las benditas cucarachas

JORGE BUSTOS

Dicen que la genética acabará consumando nuestro anhelo de perfección. Que la ciencia avanzará tanto trecho que los hombres no envejecerán, ni los niños nacerán con los ojos marrones si sus padres los prefieren azules, ni los estudiantes deberán esforzarse para aprender porque máquinas serviciales lo sabrán todo por ellos. Que ningún narciso tendrá ya que preocuparse de filtrar sus autofotos porque, se mire como se mire, saldrá siempre guapísimo.

Dicen incluso que los nuevos algoritmos son capaces de redactar noticias mejor que cualquier falible becario. Y un día, quizá pronto, la inteligencia artificial escribirá columnas de opinión. Y las escribirá tan ponderadas e ignífugas, tan acompasadas a la fenomenal marcha del planeta que ninguna red arderá con ellas, ni el trol más esquinado podrá satisfacer con la madre del autor su triste piromanía. El progreso terminará por abolir la historia como trata de cancelar la enfermedad, y ya no sufriremos por amor, porque solo se ama lo imperfecto, y ya nunca más nos inquietará el futuro, porque el tiempo habrá sido detenido. La ternura, como la información, serán anacronismos.

Me pregunto si incluso entonces llegará el día en que el periodismo se vuelva innecesario. Si extinguidas las malas noticias –las únicas que merecen un lugar en la portada–, un provecto nativo digital, nostálgico del Twitter y del Facebook de su adolescencia, apagará la luz de la última redacción y echará el cierre, como aquellos copistas medievales que mentaban entre dientes el desaprensivo ingenio de Juan Gutenberg.

Imaginaos que los periodistas dejaran de existir no por la cicatería de los clientes, ni por el colapso final del hábito lector –que requiere una concentración tan demodé–, sino porque dejaran de existir las propias noticias. ¡Qué magnífica noticia sería que el progreso volviera superfluo el periodismo! Claro que alguien tendría que dar la noticia del fin de las noticias, y de las opiniones que se nutren de las noticias. Seguramente un periodista coriáceo como las cucarachas –alguien feo, un superviviente del holocausto de belleza que se nos viene encima–, uno que aprendió que los hombres mienten y se dañan a veces sin obtener nada cambio.

Yo, señores, nunca me sentí periodista. Me gustaban demasiado las palabras y sus filos –«la travesura suficiente para lastimar vanidades», diría Wenceslao– como para cumplir con honor la promesa de objetividad del oficio. Pero ahora sé que no he querido ser otra cosa en mi vida que uno de esos escritores de ABC que inspiraban a don Torcuato, al decir de Azorín, «el respeto al desenvolvimiento de su personalidad y la defensa tenaz del redactor combatido injustamente». Porque a los redactores se les sigue combatiendo injustamente. A los frentes clásicos de la política y la empresa se le ha venido a unir la grillera totalitaria de los ofendidos, que censura mejor que ningún palco. Si algún crédito asiste a los apocalípticos lo concede la rabia digital que no tolera la idea, ni el valor, ni el nombre, ni el salario debido a la faena. Me importa muy poco si escribiremos en papel o en grafeno. Me importa solo que perdure en la cima un puñado de humanistas que respete a sus escritores de periódicos –más cuando son atrabiliarios, punzantes, imperfectos– como a la última estirpe de libertad que va a quedar sobre la faz de la tierra.

Fotos

Vídeos