La salida

El sitio de mi recreo

José Antonio Trujillo
JOSÉ ANTONIO TRUJILLOMálaga

Cataluña es una última tarde con Teresa. Es un diario que enerva a diestra y a siniestra, que retrata a una clase política revolucionaria de salón, cargada de señoritos independentistas de casino a las cuatro y media, con café sin puro, que se lo hicieron encima el pasado martes. Acostumbrados a que otro pague siempre la cuenta y deje propina, grande fue su apretón cuando comprobaron que ya nadie estaba dispuesto a pagar la ronda. Con los empresarios a la fuga, Europa sin cogerles el teléfono y la mayoría silenciosa en la calle, no les quedo otra que recular. Su bravuconería de lunes no dio ni para unas líneas de Juan Marsé.

España adquirió su dimensión de gigante la semana pasada, cuando a Felipe VI se le puso cara de rey y encontró en Isidro Fainé, mandamás de la Caixa, a su particular Sabino Fernández Campo. El monarca maniobró de forma inteligente para parar el golpe secesionista catalán poniéndose delante de los españoles, señalando sin rubor las arbitrariedades cometidas en el lado independentista y protegiendo de forma firme a los españoles que estaban siendo injustamente amenazados. Después supo encontrar en el sector financiero al aliado perfecto que necesitaba para confeccionar un contraataque eficaz, conocedor de la relevancia que los secesionistas catalanes le otorgan a la pela. Pudo darles un baño de realidad a los que fantaseaban con que la independencia no tenía ninguna derivada económica negativa para el común de los catalanes.

El tiempo no encontró reloj entre prisas y urgencias, pero por fin llegaron las noticias del olor que traspasó las piedras renacentistas del edifico de la Plaza de San Jaime, entre los límites de las calles del Obispo, de San Severo y de San Honorato. A mierda olían, los calzoncillos de los que finalmente no se atrevieron.

Después llegó la política menor, buscando firmar un tratado de paz sin prisioneros, con un artículo 155 quirúrgico rehén de cartas sin respuesta. Ni el Gobierno enfundado en los guantes de Gilda, ni la oposición sin corbata, han querido buscar la solución real a la situación tan grave generada por los secesionistas, y han pactado un nuevo café para todos. Ya se sabe que entre bomberos no se pisan la manguera. El problema se enquistará, pero los políticos habrán encontrado su salida. A los españoles sólo nos quedará el derecho a gritar: no en nuestro nombre.

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