La sabiduría

FELIPE BENÍTEZ REYES

Si alguien piensa que el género humano va de cabeza a la irreflexión, a la estupidez y al matonismo generalizado, por citar sólo a tres de los innumerables jinetes del Apocalipsis de la postmodernidad (vulgo presente), le bastará con asomarse a las redes sociales para espantar sus temores, ya que en ellas se exhibe lo más esclarecido de la mente de nuestros contemporáneos.

Das una batida por Facebook o por Twitter y te enteras de cosas que ni durante cuatro o cinco vidas hubieras dilucidado por ti mismo, al darse el caso de que en esos foros se ha congregado la representación más selecta del conocimiento. Bien es verdad que, de tarde en tarde, alguien se limita a poner la fotografía de su gato o de su perro, o bien de la paella que hizo el domingo -sin tener en cuenta que una paella es tal vez lo menos fotogénico que existe en el mundo de las cosas inanimadas-, pero se trata de desahogos gráficos que alivian ocasionalmente la densidad de las reflexiones habituales, ya sea en torno a la política internacional, incluida la catalana; a los secretos de Estado más escalofriantes, a la vacunología, a la receta ortodoxa del gazpacho o a los beneficios y riesgos de la dieta de la alcachofa, pues no hay asunto que escape al análisis espontáneo de los observadores de nuestra realidad colectiva.

En estos días, hemos asistido a grandes debates. Uno de ellos ha tenido como objeto el valor de la poesía de Gloria Fuertes, puesto en duda por Javier Marías, denunciante habitual de todo cuanto se mueve, en especial si lo que se mueve es una procesión religiosa por las calles de su barrio. El linchamiento que el escritor ha padecido en las redes no lo conocieron ni los reos de la Edad Media, ya que hemos comprobado, con grata sorpresa, que toda la población española es experta en poesía, como debe ser. Otro gran debate lo ha originado la cautelosa aceptación académica de la forma «iros» como imperativo del verbo «ir». Un minuto después de filtrarse esa aberración, no había usuario de redes que no pusiera el grito en el cielo, indignado ante la legitimación oficial de esa degradación del habla. (Tan indignados estaban algunos, tan ciegos de ira gramatical, que solo acertaban a escribir con faltas de ortografía pavorosas y con una sintaxis tarumba).

Por si fuera poco, nuestros sabios populares están demostrando en estas jornadas no sólo sus conocimientos forenses, sino también su especialización en películas de espionaje de serie B: al instante de saltar a la prensa la noticia de la muerte de un célebre exbanquero, las multitudes ya habían resuelto el caso: un crimen de Estado para cerrar una boca incómoda y peligrosa.

Pero no hay de qué preocuparse: los modernos jinetes del Apocalipsis no van en corceles alados y espectrales, sino en burros. Y rebuznando.

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