En Rusia no hay rock and roll

MANUEL VILAS

Veo por la televisión el rostro de Vladímir Putin y tengo miedo. Me da la sensación de que ese hombre no tendría ningún inconveniente en acabar conmigo y no dejar ni rastro de mi persona. Incluso tengo la sensación de que sabe mi nombre. Putin deja en el ambiente una estela de tanques humeando, de espías cutres, de escasez medieval, de pisos fríos, de coches con motores viejos. Rusia es un caos económico y para disimular ese caos aparece Putin y su toque de maquiavélico conspirador universal. El enemigo de Putin son todos aquellos países en donde la gente vive bien. Pasa lo mismo con Maduro y Venezuela. Los países también son una especie de empresa. Y esa empresa puede ser una ruina. Putin conspira para que Europa se hunda, así ningún ruso le podrá pedir explicaciones de por qué en su país se vive peor que en Alemania. Peor no, mucho peor. Putin es infinitamente más inteligente que Nicolás Maduro. A Maduro solo se le ha ocurrido decirles a los venezolanos que la culpa de que el país sea una ruina es de la guerra económica y del imperialismo, explicaciones que ya resultan cursis. Putin viene de la noche de los lobos hambrientos del Telón de Acero, viene de aquello que se llamó la Unión Soviética. Putin conserva el orgullo de la era soviética, de la era comunista, cuando su país tenía un sentido importante en el mundo. Putin es un nostálgico diligente, laborioso. Ha conseguido devolver a Rusia la relevancia internacional y quiere ser un líder global, aunque su país se arruine. Putin es un nacionalista de sí mismo. Los medios de comunicación han comenzado a denunciar la injerencia rusa en la política internacional, sobre todo en las elecciones americanas que dieron el triunfo a Donald Trump y ahora también en la crisis catalana. Se habla de la intoxicación de las redes sociales. Como si Putin fuese el inventor de la posverdad y deseara el envenenamiento moral del mundo. Sin embargo, lo que no puede conseguir Putin es que nos creamos las intoxicaciones de la propaganda contra las democracias occidentales. Si nos creemos toda esa banalización populista de la democracia, la culpa es también nuestra, no enteramente de Putin. Cada ciudadano tiene su responsabilidad. El mundo se está oscureciendo. Solo cabe, cada vez más, apelar a una ciudadanía activa y alerta. Uno a veces se pregunta quiénes son esos tipos que dominan el mundo, ¿qué ambicionan? Ambicionan el poder. El poder en sí mismo. Putin y Trump contribuyen a crear una sensación de irrealidad, de aspereza, de clima de guerra. Pero Trump tiene enfrente los congresistas y a un país económicamente poderoso. Tiene delante a Elvis Presley y a Bob Dylan. Está obligado a dar explicaciones. Pero Putin es un guerrero solitario. Nadie le pide cuentas. En Rusia no hay rock and roll. Quiere que su país brille en el universo, aunque no tenga rock and roll. Las democracias europeas a veces parecen unos pajarillos inocentes en medio del reinado de las águilas.

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