La rompí porque era mía

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

El pasado jueves, después de conocerse la decisión del expresidente Puigdemont, sobre su candidato a presidir el gobierno de la Generalitat llamé a mis amigos catalanes para que me dieran su opinión sobre el señor Quim Torra. Mis amigos catalanes, conviene decirlo, son casi todos del PSC y, en general, se mostraron muy decepcionados. Luego la prensa publicó el rastro de xenofobia que el señor Torra ha ido dejando en las redes sociales durante estos últimos años y entendí perfectamente las razones de su decepción. Salvo sorpresa, que siempre las hay, la apuesta evidente del señor Puigdemont es profundizar en la división de la sociedad catalana y avanzar hacia un conflicto cuyas últimas consecuencias nadie puede prever, pero que los socialistas hemos intentado prevenir durante muchos años.

Hace unos días el profesor Oriol Bartomeus escribía un interesante y acertado artículo en el que constataba el aumento de la correlación entre lengua y voto en Cataluña, quienes hablan habitualmente en catalán se agrupan en torno a los partidos secesionistas y quienes lo hacen en castellano se agrupan en torno a los partidos no secesionistas. Dice Bartomeus, y no le falta razón, que cualquier sociedad está hecha del ensamblaje de muchos retales, formados por comunidades humanas heterogéneas, que han sido unidos sin que se hayan fusionado del todo, de modo que se notan las costuras. Esas costuras son unas veces la religión, otras el color de la piel, el origen territorial, la lengua. En fin, como diría mi maestro Paramio, los humanos tenéis mucho donde elegir para diferenciaros unos de otros.

Tras intentar, durante décadas, construir un solo pueblo, las tensiones actuales muestran algo que muchos nos habíamos querido negar: la existencia de dos comunidades lingüísticas en Cataluña. Es verdad que se trata de una sociedad bilingüe. Según la última encuesta postelectoral del CIS en Cataluña, un 83% de las personas entrevistadas declaraban poder hablar el catalán con fluidez y un 99% decían entenderlo. Sin embargo, según la última encuesta del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO), que es el CIS catalán, y que acaba de publicarse la semana pasada, cuando se les pregunta a los entrevistados cuál es la lengua que consideran propia, un 45% dice que el castellano, un 42% dice que el catalán y un 12% dice que las dos.

En julio de 2006, el CEO preguntaba por la valoración del presidente Maragall, y lo aprobaba el 73% de la población, sin diferencia alguna por la lengua, y lo mismo ocurría, en aquel momento, con Artur Mas. En abril de 2018, la diferencia en la aprobación de Puigdemont entre las dos comunidades lingüísticas es de más de cincuenta puntos porcentuales, y de más de cuarenta puntos en el caso de Arrimadas. En 2006 el presidente de la Generalitat era el presidente de un solo pueblo con dos comunidades lingüísticas. Entonces algunos no supieron ni comprenderlo, ni valorarlo, y decidieron romper ese pueblo en dos comunidades nacionales. Esa estrategia ya se ha vuelto contra quienes la promovieron, pero por desgracia no solo contra ellos.

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