Robots y nuevas tecnologías, ¿órdago al empleo?

Si no se produce depresión por escasez de demanda, el progreso tecnológico en una economía de mercado no debe atentar contra el empleo ni empobrecer a los trabajadores

Vivimos un cambio de época. La revolución digital, la inteligencia artificial, la información globalizada, los robots... delatan que hemos pasado su felpudo y que estamos inmersos en una nueva revolución industrial, la cuarta si no nos falla la cuenta. Ante ello, algo recurrente en la percepción general: la misma pone en peligro el empleo. Decimos recurrente, porque a lo largo de la historia es un temor que se ha venido repitiendo siempre. Rebobinando en el tiempo, el término 'ludismo' se acuña tras la primera revolución industrial, cuando su líder Ned Ludd encabezaba en la Inglaterra decimonónica un movimiento contra los nuevos telares incorporados. Una agitación que se trasladó después al campo donde las trilladoras en las labores agrícolas levantaban los mismos miedos y recelos. El movimiento se extendió finamente a toda la isla y hubo de ser reprimido con extrema violencia, hasta llevar a la horca a sus principales cabecillas. La mecha había prendido y no se libraron de los desórdenes Francia, Bélgica, Alemania o España.

En la primera revolución industrial, la máquina de vapor y los nuevos telares. En la segunda, los sistemas de transporte y la electricidad. Suponiendo ambas un cambio en lo económico, político y social, donde las máquinas y los adelantos veían potenciado el trabajo de los hombres. Si bien en un primer momento se resintió el empleo, fue cuestión de readaptación, porque el aumento de la producción y la facilidad del transporte al mejorar su movilidad daba origen a una mayor demanda, que a su vez volvía a incentivar nuevos empleos. Ni siquiera Karl Marx, de cuya inteligencia e influencia en el devenir de la historia nadie duda, pudo demostrar irrefutablemente que el progreso de la tecnología debiera empobrecer y minar el empleo. En concreto el de los trabajadores menos cualificados, a los que siempre se les considera más afectados.

Siguiendo su huella en el transcurso del tiempo, la tercera revolución industrial se identifica con la llegada de internet y el ordenador. Destruía, es cierto, muchos puestos (el pagano, de nuevo, el menos cualificado) pero creaba muchos otros con más valor añadido. Ahora, parece claro que estamos inmersos en la cuarta, con la inteligencia artificial y los robots, las plataformas y la economía colaborativa. Una revolución vertiginosa que parece dejar pequeña a las anteriores. Ante ello, la misma pregunta: ¿peligra el empleo?

Un estudio de la OCDE de mayo del 2016 aventuraba que la automatización pone en riesgo un 12% de empleos en España, siendo los trabajos manuales y repetitivos los que tendrán mayor posibilidades de ser reemplazados por máquinas. Los países menos vulnerables: Corea del Sur, Estonia y Finlandia. La conclusión, que esta revolución tendrá un impacto menor en las economías desarrolladas que en los mercados emergentes, afectados por la reducción de la ventaja competitiva de la mano de obra barata. En los países donde se apuesta ya por la digitalización será menor la probabilidad de que los trabajadores terminen siendo arrollados. Por el contrario, un reciente trabajo de Deloitte para el Reino Unido echa la vista atrás y analiza el impacto de los avances tecnológicos en los quince últimos años. Así, la automatización ha destruido 800.000 empleos de baja cualificación. Sin embargo, esas mismas nuevas tecnologías han creado 3,5 millones de nuevos puestos. Esto significa que, por cada empleo que se pierde debido a los robots y nuevos avances tecnológicos, se crean más de cuatro nuevos.

El economista y teórico social norteamericano Jeremy Rifkin en un reciente documental publicado por Vice vislumbra un futuro en el que los servicios y aplicaciones de esa nueva economía reemplazarán las estructuras existentes manteniendo estables empleo y consumo. En nuestro caso nos atrevemos a añadir que estamos asistiendo a una revolución silenciosa que estaría emborronando las diferencias entre productores y consumidores, y reemplazando la propiedad privada por licencia de uso. Sirva de ejemplo la prestación de servicios por parte de firmas como Deliveroo, Uber, BlaBlaCar, Airbnb, eBay o Cabify. Modelos de la llamada economía colaborativa que lo comparte todo excepto la propiedad de las estructuras que hacen posible precisamente el acto de compartir. Donde todo pasa por el ritmo eficiente de los algoritmos. Con una distribución en horizontal de la carga de trabajo pero no en la de sus beneficios. Se trata de la economía de plataforma, el modelo de negocio de la era digital y de él surgen las nuevas fábricas del siglo XXI.

Estas compañías hablan de una nueva forma de trabajar revolucionaria, en la que las viejas reglas no sirven, que permite al empleado conseguir ingresos sin ataduras, cuando y cuanto se quiera. En la mayoría de los casos proviniendo de colectivos con difícil acceso al mercado tradicional de trabajo. Teniendo la contrapartida negativa de que también pueden estar atentando contra el mismo, al constituir una amenaza para el comercio tradicional. Por añadidura y, hasta la fecha, en un negocio poco regulado en lo laboral y donde las multinacionales que lo promueven y realizan pagan pocos impuestos.

Siendo indudable que muchos trabajos van a desaparecer por la automatización, sin embargo se van a generar nuevas oportunidades. La tecnología crea su propia demanda, hábitos de consumo continua y vertiginosamente renovados. Es la llamada 'modernidad líquida', donde se ha perdido la noción de funcionalidad: cuando se compra un producto ya no se utiliza hasta que no sirve, sino hasta que se renueva por uno más moderno.

La clave es que no exista depresión por escasez de demanda. Si no se produce, el progreso tecnológico en una economía de mercado no debe hacer peligrar el empleo ni empobrecer necesariamente los trabajadores. Parece demostrarse que las nuevas tecnologías crean esa demanda y la renuevan constantemente, generando también nuevas necesidades. Aunque, en opinión del politólogo Matthew Taylor, un referente en Reino Unido por su conocimiento en formas modernas de empleo: «Mientras no sepamos cómo van a ser los modelos de negocio, no vamos a poder saber cómo van a afectar realmente al empleo, aunque se publiquen muchas estadísticas y libros donde se den cifras de cuántos empleos van a destruir los robots y cuántos se van a generar».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos