EL ROBOT QUE RÍE Y EL EMPLEO

BORJA BERGARECHE

La semana pasada, a Amazon se le rebelaron los robots. La compañía de Jeff Bezos se enfrentó a una peculiar crisis de reputación robótica cuando varios usuarios de su altavoz inteligente Echo denunciaron que Alexa, el asistente virtual que lo alimenta, lanzó una siniestra carcajada sin mediar interacción por parte de su propietario. Varios afectados describen escenas terroríficas, tan tranquilos en sus casas, en la cocina o en la habitación, cuando de repente Alexa rompe a reír a través del altavoz. Los más cinéfilos rememoraban la escena de '2001 Odisea en el Espacio' en la que HAL 9000, el ordenador de a bordo, confiesa sus intenciones asesinas con aquel «lo siento, Dave, pero no puedo hacer eso».

La historia demuestra que la humanidad se divide entre tecno-entusiastas y luditas ante los saltos tecnológicos. Así ocurrió con los telares, la electricidad o la televisión. En la actualidad, nos enfrentamos a las rasgaduras que produce la tercera revolución industrial en los fundamentos económicos y sociales de nuestras vidas. Con una década de crisis a nuestras espaldas y un mundo de geometría multipolar crecientemente inestable, el miedo a que los robots nos roben los puestos de trabajo recorre como un escalofrío colectivo el debate sobre la sostenibilidad de los modelos de protección social. ¿Se ríen entonces los robots porque saben la que se avecina?

Decir que la automatización de cada vez más tareas productivas va a modificar el mapa humano del trabajo es una obviedad. Pero un muy citado informe sobre el tema de la Universidad de Oxford publicado en 2013 situó el debate en términos innecesariamente angustiosos. Según los datos de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, la automatización del empleo pondría en riesgo el 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos en dos décadas. Según el Banco Mundial, los robots amenazan el 69% de los puestos de trabajo en India o el 77% en China. Pero estimaciones más recientes han modulado estos cálculos de forma sustancial.

Según un informe del año pasado del instituto de estudios Forrester Research, la llegada de los robots a los centros de producción desplazará 22,7 millones de empleos (el 16% del mercado) en Estados Unidos de aquí a 2025, y creará 13,6 millones de nuevos puestos de trabajo en EE UU (9% de la fuerza laboral). El consenso se sitúa así de forma creciente en la idea de que el empleo se crea -aunque con dificultad- y se destruye -con la automatización, qué duda cabe- pero, sobre todo, se transforma. Según Forrester, la implantación de robots habrá modificado en un 25% la naturaleza de todas las categorías profesionales para 2019.

Otro estudio de McKinsey del año pasado estima que el 60% de los puestos de trabajo actuales son técnicamente automatizables en un 30%, pero que solo el 5% de los puestos actuales son robotizables al 100%. Veremos el impacto que tiene este proceso de destrucción creativa en la productividad de nuestras economías. Y quizás algún día podamos releer con ingenuidad al filósofo británico Bertrand Russell, que denunciaba hace tiempo «el enorme daño que supone para el mundo moderno la creencia en la virtud del trabajo».

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