Ni Ribera ni Rioja

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

La pregunta me pega un pellizco en el estómago, que a esa hora ya pide refuerzos. Nunca he sido demasiado tolerante con según qué cosas, pero se ve que me hago mayor y ya no me corto. Es escuchar la oferta recurrente del camarero y me entran unas ganas terribles de levantarme de la mesa. Si no lo hago es por respeto a la compañía, que no acostumbro a salir a comer ni cenar solo. Y por el establecimiento, pues creo que todos, incluidos los que no beben (buen) vino, merecen una segunda oportunidad. Aquella última vez me salió del alma. «Mal empezamos», le dije a la camarera, que a la postre resultó ser una buena profesional.

Enseguida recondujo la situación y trajo una carta interesante . Y allí estaban, había varias referencias, más de las que se suelen encontrar habitualmente; y de buen nivel, aunque pasados de precio, dicho sea de paso. Ya no lo dije en voz alta, por no incordiar (más), pero la siguiente pregunta que me rondaba la cabeza era: si tenéis vinos de Málaga, ¿por qué no los ofrecéis? Me quedé reflexionando un poco sobre aquello. La cuestión del precio no es pequeña: a ver, es verdad que, generalmente, las bodegas locales, con producciones cortas y de muy alta calidad, son más caras en origen. Pero los hosteleros no pueden pretender ganarle lo mismo a cualquier Rioja o Ribera, que compran al distribuidor por cuatro o cinco euros, que a uno de los nuestros, que cuesta al menos el doble.

Pero también hay una cuestión de desconocimiento. No tengo absolutamente nada en contra de los grandes vinos de esas dos DO, ni ninguna otra comarca productora de España, donde se hacen caldos de un magnífico nivel. Pero los nuestros son como mínimo iguales y muchas veces mejores, ahí están los concursos internacionales y las principales guías de cata para atestiguarlo.

El problema es que gran parte de los hosteleros y la inmensa mayoría de los comensales todavía no lo saben, o sólo son capaces de fijarse en el precio, unos, y en cuánto le ganan, los otros. La pedagogía es fundamental, y empieza por cada cliente, por cada malagueño amante del buen vino de una tierra donde ya se hacía y exportaba cuando otros iban todavía con taparrabos. Hubo una ocasión en la que, después de bebernos cinco o seis botellas de una excelente referencia rondeña (era una mesa grande, no se crean), el camarero, alucinado, me pidió que le diera algunas claves para saber cómo ofrecerlo a los clientes. Y tomó nota, literalmente.

De Ronda, pero también de la Axarquía, y de Antequera, y del Valle del Guadalhorce y de Los Montes y de la Costa del Sol, en Málaga tenemos muy buenas razones para responder a la manida pregunta: yo, ni Ribera ni Rioja.

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