La revolución del conocimiento

CARTA DEL DIRECTOR

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Podríamos llegar a la conclusión de que la oferta cultural y de ocio de la provincia de Málaga es muy buena. Y especialmente abrumadora en estos meses de calor y mar. Arte, teatro, cine, música, deporte, etc. Quizá se echa en falta volver al circuito de grandes conciertos, como aquellos de los Rolling Stones o Michael Jackson; ver de vez en cuando alguna gran producción de ópera o ballet, o grandes torneos o finales deportivas de competiciones internacionales. En mi opinión, poco más, aunque seguro que entre todos se podría hacer una lista más extensa y cualificada. No debe haber muchas ciudades y provincias con festivales de cine, teatro y música, junto con un calendario expositivo de gran nivel.

Toca ahora por tanto afinar, mejorar lo mejorable, prescindir de lo superfluo y aspirar a esos toques de calidad que marcan la diferencia. Pero quizá lo importante es enfocar los objetivos y darse cuenta de la enorme posibilidad que significa volcarse no tanto en el entretenimiento turístico y local sino en la educación, no sólo para que los más jóvenes participen de esta oferta, sino para que en un futuro la mejoren. Málaga debe aspirar a ser una ciudad más culta, más formada e informada, porque ese puede ser su mayor salto de calidad. Se echan en falta grandes proyectos educativos en las ciudades, participativos e imaginativos, en los que se cultive el amor al arte, a lo bello, al buen gusto, a lo sensible.

Cuando asistimos en la plaza de la Constitución a las largas colas de jóvenes para participar en el casting de 'Gran Hermano' lo fácil era caer en el análisis facilón, arremetiendo contra todos esos chicos que ven en los programas de la televisión su gran oportunidad. Pero esa larga cola era un síntoma, una luz roja que avisaba de la falta de oportunidades, de la escasa formación y, sobre todo, de la brecha cada vez mayor entre la población instruida en los libros o en un reality. Lo cómodo es culpar a esa fauna tatuada que confunde a Adolfo Suárez con un conquistador de la época de Cristóbal Colón, pero que recita de memoria la lista de los tronistas de 'Hombres, mujeres y viceversa'. Quizá también habría que culpar al sistema y reconsiderar muchas decisiones de los últimos lustros.

Porque a la Política parece interesarle este modelo que fabrica mentes moldeables e insensibles a la manipulación, incapaces de diferenciar las trolas que a diario salen de las salas de máquina de los partidos y que facilitan la aparición de élites preocupadas por sus intereses frente al bien general. La indignación debería dar paso a la acción, pero es imposible actuar sin haber leído un solo libro. Y peor aún, presumiendo de ello.

La gran revolución es la del conocimiento, porque es la que de verdad puede acabar de una vez por todas con tanto malhechor, con tanto mangante económico e intelectual, y con tanto charlatán sentado en un escaño. Deberíamos preguntarnos el porqué del empeño de la Política por la Educación y así llegaríamos al convencimiento de que la formación debe ser como un poder, separado e independiente; un derecho de verdad fundamental en el que no metieran mano cada dos por tres para decirnos, sin que nos demos cuenta, todo lo que debemos hacer y pensar. Claro que, si fuese así, los partidos empezarían a temer a la ciudadanía. Y eso, sus señorías por unanimidad, no lo pueden permitir.

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