Los retratos del crimen

JOSÉ MARÍA ROMERA

Hay crímenes que pasan inadvertidos a la gente más allá del primer estremecimiento y otros que en cambio quedan impresos en el sentir popular a lo largo del tiempo, bien sea por las circunstancias especiales en que se producen, bien porque la atención mediática volcada sobre ellos los mantiene vivos o los sitúa en una categoría cercana al mito. El de Diana Quer parece llamado a ocupar este último espacio: un espacio que poco o nada tiene que ver con la empatía o la piedad, sino más bien con los géneros tradicionales de la literatura truculenta. Con ser reprobable la actitud de los medios sensacionalistas dedicados a especular sobre bases conjeturales o a partir de filtraciones policiales igualmente irresponsables, en descargo de unos y otros hay que reconocer que desde el momento de la desaparición de la joven el suceso trascendió lo meramente humano para desviarse a la narración folletinesca. Es a partir de estas claves como se entienden algunas reacciones más propias del público ávido de emociones que del ciudadano afligido. Quizá la más significativa de todas ellas es la que se proyecta sobre el presunto autor del crimen, a quien de inmediato corresponde hacer la preceptiva descripción.

El retrato del asesino es, aparte de un ineludible requisito narrativo, una necesidad apremiante del espectador. Ante el desorden causado por la irrupción de un hecho abominable que trastorna el orden de las cosas, urge encontrar en el personaje los rasgos de un ser anormal o monstruoso. Eso explica que las descripciones tiendan a omitir los detalles que lo equiparan a cualquiera de nosotros mientras exageran aquellos que lo hacen más perverso. Nos causa espanto pensar que pueda ser un tipo normal, que se nos pueda parecer, que haya andado por ahí suelto sin despertar sospechas, porque eso quebraría nuestro pacto de confianza con la realidad circundante. Tan insoportable como la incertidumbre de la desaparición es la evidencia de la cercanía del mal. Así que la primera finalidad del retrato ha de ser el alejamiento: debe servir para cerciorarnos de estar en el lado bueno, a la mayor distancia posible de esta clase de seres diabólicos.

El determinismo siempre ha gozado de prestigio narrativo, porque es una manera de colocar a cada uno en su lugar y, de paso, devolver la armonía a un universo alterado por la brusca irrupción del delito. Entendemos mejor los dramas si, atinada o forzadamente, encontramos en sus causantes unas señas de identidad que los predisponen a su autoría. En consecuencia, todo aquello que sirva para demostrar que el criminal estaba llamado a la comisión del crimen será un material válido para la descripción, mientras que habrá de desecharse todo cuanto apunte a su condición de «tipo normal». Que saludara en la escalera y sacase a pasear al perro no pasan de ser pequeños contrapuntos destinados a colorear la descripción de trazo grueso: lo sólido, lo relevante, es que acumulaba antecedentes por agresiones, había traficado con droga, tenía un comportamiento irregular y se sospecha que pudo cometer otros crímenes similares.

La misma función narrativa, si bien con efectos más dañinos, cumple la elaboración del retrato de las víctimas. Es cierto que en muchos casos predomina la descripción compasiva y no pocas veces idealizada que las presenta como seres súbitamente sorprendidos por el mal, en un encuentro injusto que los sumerge en relatos indeseados. Pero el espectador ansía versiones de las que se extraiga la lección simétrica: la víctima de la atrocidad también estaba predestinada. No otra cosa ocurría con el insidioso «algo habrá hecho» tan arraigado en la reconstrucción social del relato terrorista, un modo de investir al asesinado de atributos desconocidos que lo hacían responsable indirecto de su destino. Despojado de su evidente perversión moral, el mecanismo se revela como una forma de redondear la narración desde el momento en que esta se transforma en el encuentro de dos actores condenados al cruce fatal.

El hecho se agrava en las situaciones donde el criminal está sin descubrir, y todo el peso de la atención narrativa recae sobre la víctima. Entonces la vida de esta y su entorno son sometidos a un severo escrutinio en el que la menor singularidad sirve para encontrar explicación a lo sucedido. Así se da a entender que tanto el verdugo como la víctima ya estaban previamente determinados a serlo, cosa que no nos pasa a nosotros porque somos gente normal cuya vida discurre por cauces quizá paralelos a los de ambos pero siempre separados de ellos. Es una manifestación más de la vieja creencia irracional y defensiva del «esto nunca me va a pasar a mí». Operaciones de la mente, en fin, para afrontar lo que nos desborda, para ahuyentar el horror y mantener la ilusión de que el orden reina en la vida y solo es alterado cuando concurren circunstancias excepcionales a cargo de personajes novelescos.

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