El reto a la paz

DIEGO CARCEDO

La política exterior de Donald Trump ha empezado a cobrarse vidas. El traslado de la Embajada de los Estados Unidos a Jerusalén, que equivale de facto al reconocimiento de la capitalidad de Israel sin esperar a encontrarle una solución definitiva al conflicto con los palestinos, era de esperar que generaría problemas. La paz en Oriente Próximo hace mucho que es precaria y cualquier iniciativa o incluso gesto es suficiente para alterarla y, alterada, ya la experiencia recuerda que supone un coste elevado en víctimas.

Bien es verdad que la situación en la zona, con una guerra en Siria desde hace siete años y un balance de cerca del medio millón de muertos, no puede ser considerada como pacífica. El conflicto entre israelíes y palestinos nunca ha estado ni calmado ni por supuesto resuelto. Pero las iniciativas del presidente norteamericano, lejos de intentar buscar el arreglo al problema, como han hecho sus predecesores, lo único que ha conseguido es reactivarlo y ampliarlo. El traslado de la sede de la Embajada es una provocación gratuita contra una actitud solidaria del mundo libre con la necesidad de una paz definitiva.

Si se tiene en cuenta el rencor acumulado por los palestinos y la cada vez más acentuada pérdida de esperanza en una solución para su pretensión de un Estado propio, su proclividad a la emotividad y la excitación, todo unido a la proclividad del primer ministro Netanyahu para ordenar a sus tropas que tiren de gatillo, explica el dramático resultado de los incidentes que la impulsiva decisión de Trump está ocasionando: toda una matanza que pesará durante mucho tiempo sobre las conciencias y continuará activando el odio, la desesperación y el deseo de venganza de los palestinos.

Pero además de revolver la endeble coexistencia dentro del territorio que palestinos e israelíes se disputan, Trump ha ampliado la zona de los enfrentamientos a toda el área del Oriente Próximo. La suspensión del acuerdo nuclear con Irán, con el cual complace los deseos de Israel y de Arabia Saudí, estimula el enfrentamiento entre dos bloques creando nuevos riesgos de guerra a mayor escala, alterando los equilibrios en otras regiones y abriendo una nueva incertidumbre en el mercado del petróleo de consecuencias graves para la economía internacional.

Para Europa, hasta ahora el principal socio y aliado de los Estados Unidos, estas decisiones decretadas a golpes de tuit de Trump son nefastas: activa un conflicto próximo, empaña aún más unas relaciones bilaterales en horas bajas e incluso contribuye a crear disidencias internas en el marco de la Unión Europea cuando su cohesión es más necesaria. Varios países del Este, como los ya clásicos heterodoxos Hungría, Rumania y la República Checa, a los que se unido la ultra conservadora Austria, han anunciado que también trasladarán sus embajadas a Jerusalén desdeñando el criterio de la política comunitaria.

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