Resistencia

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hay sonidos indisolublemente unidos al patrimonio emocional de cada uno. Armonías que te reconfortan por dentro y, sin saber exactamente por qué, te hacen feliz de repente, aunque sea sólo un instante. A mí me sucede en Proteo. Algo ocurre cuando mis pasos hacen crujir la madera de la escalera que comunica las cuatro plantas y el ático de la histórica librería malagueña, que acaba de recibir el galardón del gremio de los editores por su labor de difusión cultural. Aquel rincón vertical de Málaga protege la muralla musulmana de la Puerta de Buenaventura y, con ella, las mil historias que aguardan en sus estanterías desde hace casi medio siglo y que ahora dirige y custodia Jesús Otaola con su incansable amor por las letras. Proteo fue una aventura, una locura engendrada como foro de corte antifranquista que capitanearon Paco Puche y Pilar Guerrero frente a una sociedad mojigata que apenas sabía leer, y mucho menos entre líneas. Alguien dijo el otro día, durante el acto de entrega del premio, que la lectura hoy es una forma de resistencia. Qué paradójico que cincuenta años después de aquel germen libertario gestado en el vientre de la cultura y el pensamiento haya que reivindicar el libro como herramienta que desvencija las cancelas, revienta los grilletes y nos sigue haciendo libres.

Quizá porque nos ha vencido la pereza. Hemos alcanzado tantas comodidades que hemos perdido la sana costumbre de pensar, de digerir y confrontar los argumentos. Ahora nos colocan un vídeo con el mensaje masticado en Youtube, una ocurrencia efímera y superficial en Twitter y, ea, listo: ya echamos el día.

Y, claro, a los pontífices del pensamiento único, a los dirigentes de la cosa pública, esta galbana les viene que ni al pelo. Escudriñé en la adolescencia las escaleras de Proteo para encontrarme con Michel Quoist y su 'Diario de Daniel'. Más adelante, por la tercera me topé con las 'nivolas' de Unamuno en 'Niebla', o me di de bruces con el 'Áspero mundo' de Ángel González en una brillante reedición, que nada tenía que envidiar a aquel manual de sintaxis de Gili Gaya que compré en Prometeo para estudiar Lengua en primero de Periodismo de la mano de mi profesor Antonio Garrido. En los últimos tiempos, además, Jesús y Nuria, su lugarteniente para las puestas en página, me ayudaron a materializar 'Camino de la Memoria', el sueño de hacer visible el alzhéimer. Por eso hoy, en pleno viaje por mi madurez vital, echo la vista atrás y compruebo que le debo a Proteo-Prometeo mucho más de lo que yo le he dado con la adquisición de un puñado de libros.

Porque hoy, cuando vienen a contarme una milonga sobre salvapatrias o iluminados con balón, corbata o escaño, abro un libro. Y no puedo evitar una sonrisa mientras imagino que cruje la madera de Proteo bajo mis pies y replico: «A mí, no».

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