Renuncia

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

El 28 de febrero de hace ahora cinco años ha pasado a la historia de la Iglesia Católica como el día en que quedó vacante la sede de Roma, la sede de San Pedro. ¿El motivo? La renuncia al ministerio de obispo de Roma, sucesor de Pedro, de Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI.

Fue a las ocho de la tarde del 28 del segundo mes del año cuando se hacía efectiva esa sede vacante. En la mañana del 11 de febrero de 2013 el mundo seguía rodando indiferente sin mirar a Roma, si no fuera porque Benedicto XVI había convocado un consistorio para la canonización de tres nuevos beatos y de los 800 mártires de Otranto. A las 11.41 horas el entonces Papa empezó a hablar en latín y anunció a los cardenales «una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia».

Es difícil imaginar la catarata de emociones, sensaciones y reacciones de los cardenales a medida que Benedicto XVI iba hablando en latín: «muy consciente de la gravedad de este acto con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de san Pedro, que me confiaron los cardenales el 19 de abril de 2005, de modo que el 28 de febrero, a las ocho de la tarde, la sede de Roma, la sede de San Pedro será vacante y deberá ser convocado, por aquellos a los que compete, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice». En la sala de prensa, solo la periodista italiana Giovanna Chirri, vaticanista de la agencia ANSA, comprendió el significado de las palabras y anunció al mundo, temblando, como confesó después, la histórica noticia: Benedicto XVI había renunciado al ejercicio del papado. A partir de entonces toda una catarata de reacciones, de emociones y análisis.

Ha pasado tiempo pero su histórica renuncia es digna de estudio. Y ejemplo. No hay que dejar que se hiele el corazón, la vida duele a los capaces, no a los idiotas. Y en eso Benedicto dio talla de valentía, humildad y visión de conjunto. Todo un ejemplo para quien instalado en su silla permanece hasta que la muerte lo desgaja del sillón, para quien no ve más allá de sus propios intereses personales o quienes olvidan que la tarea específica de cada uno debe considerarse diariamente a la luz de la vida, fuerzas y momento histórico.

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