Relato ficción

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Lo de menos era el referéndum. Lo importante era conseguir un relato frente al mundo con apariencia real. Lo de menos eran las garantías democráticas, por eso poco importaba eso del censo universal, la gente votando sin control en plena calle, las bolsas con urnas llenas de papeletas antes de empezar la votación... Lo importante era la ficción para construir la narrativa del independentismo, de la democracia, de la violencia del Estado. El Gobierno de España pudo ganar el partido de la legalidad y la razón, pero fue incapaz de ganar el de la comunicación. Es cierto que era difícil, casi imposible, combatir las trampas del ‘procés’ catalán, pero faltó iniciativa y el convencimiento de que no sólo le respaldaba la legalidad y la razón, sino la opinión de millones de españoles y catalanes.

En esta era digital, de las redes sociales, del tiempo real, del vídeo vía whatsapp, es imprescindible explicar las falacias del independentismo y decidir de una vez por todas si los partidos constitucionalistas van a setas o la rolex, si están por el modelo territorial de España o por lo que les convenga en cada momento.

Hoy y en el futuro toca reconstruir todo lo que ayer quedó arrasado, la fractura social de efectos impredecibles. Y no se puede hacer con las armas de siempre. Es preciso el cuerpo a cuerpo con el independentismo, con el argumento de la Ley, pero también aportando valor a lo que podríamos denominar el ‘contrarrelato’, ese que explique por qué España es menos sin Cataluña y Cataluña menos sin España. Quizá, desde ayer, algunos entiendan que no se puede abandonar, como se ha hecho durante décadas, al catalán españolista, al que se siente tan catalán como español y que está acosado en su propia casa, sin que sus hijos puedan estudiar en español o rotular su negocio en la lengua que desee. De ese abandono político e institucional y de la ambigüedad de parte de la sociedad civil -especialmente la empresarial- surge este relato ficción del independentismo que hoy, asombrosamente, logra dar apariencia real a este delirio rupturista que, pese a quien le pese, debe someterse sin duda alguna al imperio de la convivencia, que es el cumplimiento de la Ley. La única forma de reconstruir los puentes derribados es con la absoluta decisión de que todos los españoles somos iguales ante la Ley, en un Estado que se dotó democráticamente de una Constitución basada en la solidaridad entre los territorios y de la que debemos sentirnos orgullosos y comprometidos.

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