Relaciones a través del espejo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Uno de los mecanismos más sorprendentemente generalizados en las redes sociales es el de la unanimidad. Apenas manifestada una opinión crítica o lanzado un anatema feroz, el coro de los adheridos se lanza a repetirlos sin otras variaciones que las derivadas de la rivalidad por hacerlo con mayor ruido. Con la aparición de voces opuestas el efecto de redundancia no solo no se quiebra ni se mitiga, sino que crece fortalecido; nada hay más eficaz para lograr la cohesión del grupo que la aparición del enemigo común. Pero el fenómeno no se da solo en la redes. Es el reflejo de una tendencia habitual que bien podría describirse con el viejo refrán de «Dios los cría y ellos se juntan», y que se observa por igual en la formación de círculos de amistades, la elección de pareja, la promoción interna en empresas y partidos políticos o el bullicio de las gradas en los espectáculos deportivos.

Es el magnetismo del rebaño, sin duda. Ahora bien, esas uniformidades no se suelen quedar en la coincidencia ocasional. A poco que las observemos con detenimiento, empezamos a percatarnos de que bajo ellas se da entre los miembros del coro un auténtico parecido como el que muchos fisonomistas bienhumorados han llegado a apreciar entre las mascotas y sus dueños. ¿Estaban predestinados a encontrarse? Las ciencias sociales llaman «homofilia» –al margen de la emergente acepción sexualizada del término– a la propensión a asociarse entre iguales, a relacionarse preferentemente con aquellos con quienes se comparte edad, clase social, sexo, origen étnico o territorial o ideas y valores. La cuestión de los parecidos es relativa, naturalmente. Como en los niños recién nacidos, de quienes donde unos aprecian un evidente parentesco facial con el padre otros lo ven con la abuela materna, los rasgos comunes de los individuos en cualquier agrupamiento pueden ser tan subjetivos como insignificantes. Pero lo importante no es tanto en qué medida existen como qué lleva a reconocerlos e incluso a buscarlos a propósito.

El viajero habitual conoce la experiencia de cruzarse, en una ciudad más o menos remota, con un portador de la camiseta de su equipo u otro signo que lo identifica como paisano suyo; al instante un impulso de extraña fraternidad le habrá llevado al guiño de complicidad, el saludo efusivo o incluso la invitación a tomar unas copas. El hecho de que estos arrebatos emotivos se produzcan más en los territorios extraños que en los propios explica una de las causas más probables de la homofilia: el miedo a lo desconocido y la consiguiente búsqueda de seguridad en aquello que reconocemos como propio. O, por decirlo en la jerga de hoy, el abandono de una 'zona de confort' fuera de la cual nos sentimos desprotegidos. Y contra la sensación de orfandad no hay mejor remedio que el recurso al próximo, al semejante, al hermano. Es esa la impresión que producen las cascadas de adhesión en la redes sociales. Sin negar su capacidad de amilanar, podría decirse que su principal fuerza imperativa reside en presentarse como el producto de una suma de idénticos sin fisuras, como el feliz encuentro multitudinario de unas almas análogas que por fin han ido a parar a la región de los suyos.

Ante esa potencia granítica no hay argumento lógico que valga ni objeción racional que resista. Pese a los estudios que demuestran la tendencia innata a la homofilia e incluso la presencia de cierta 'homogamia' genética en un número significativo de matrimonios, parejas y grupos de amigos, cabe intuir que muchas veces los parecidos no están en el origen, sino que afloran en el proceso. Es decir, que nos hacemos similares para afianzar y legitimar la decisión de vincularnos. Es frecuente que cuando el individuo determina entablar una relación procure enfatizar en ella los rasgos vinculantes y minimizar los discrepantes. De cara a la galería nos gusta presentarnos como sujetos abiertos en busca de nuevos horizontes, lo bastante respetuosos para aceptar las diferencias y lo bastante sabios para tomarlas como oportunidades de aprendizaje y de enriquecimiento personal. Pero en la práctica sabemos que no es así, y que los que nos mueve es más bien lo contrario: la llamada de la grey y el miedo pánico a sentirnos rechazados por ella. La ventaja de la homofilia es que facilita las relaciones. De manera que desde los primeros pasos de la aproximación vamos apartando los obstáculos y allanando el camino a base de imitar deliberadamente las formas, el habla, los usos, las opiniones y hasta el atuendo de los otros. Se trata, pues, de una especie de homofilia sobrevenida que nos va haciendo parecidos conforme nos acomodamos al medio. No es que nos juntemos para obedecer a esa especie de designio divino que insinúa el refrán, sino que, recurriendo a otra paremia concordante, nos mostramos «cortados por el mismo patrón». En vez de libres e iguales, sometidos y calcados.

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