El reino de lo probable

La Tribuna

La probabilidad es la manera de intentar cuantificar al futuro, pues el pasado ya lo fue y ha dejado de ser improbable. El pasado no se puede cambiar, aunque se puede inventar

Federico soriguer
FEDERICO SORIGUER Médico y miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

Hasta ayer mismo la esperanza de vida era muy baja. La esperanza no es solo una virtud teologal, es también una medida estadística bastante parecida a la media (esperanza matemática). La vida es un experimento de caso único e irrepetible. Hoy al vivir tantos años permite que mucha más gente adquiera más experiencia. Aprendemos de lo que nos ocurre y de lo que les ocurre o les ha ocurrido a los demás, especialmente a los de nuestra generación que son, por así decirlo, nuestro grupo control. Experiencia y experimento pertenecen a la misma familia de palabras pero representan cosas distintas: La experiencia es algo natural e inevitable. El experimento, por el contrario, es artificial, un desorden controlado, del que se intenta sacar algunas conclusiones.

En la primera página de 'La Sociedad Abierta y sus enemigos', Popper coloca la famosa frase de Oscar Wilde: «Experiencia es el nombre que damos a nuestros errores». Aprendemos por ensayo y error. Cada una de nuestras decisiones es tomada en situación de incertidumbre. La vida es como un río que nace en las montañas, discurre por estrechos desfiladeros, hasta llegar al valle donde se remansa para terminar finalmente diluido en el inmenso mar. Qué hermosa palabra discurrir. Lo mismo sirve para el agua que baja por el río, que para el paso del tiempo o para identificar el acto de pensar. No hay vida sin discurso. Nuestra vida discurre a veces de manera alocada, a veces plácidamente, pero no hay día en el que no nos veamos obligados a decidir. La culpa la tiene la flecha del tiempo. El tiempo solo discurre en una sola dirección. No se puede volver atrás.

Cuando la flecha ha sido lanzada ya no puede volver al arco. Rectificar es de sabios se dice, pero no es más que una forma tardía de decidir en el azaroso camino de la flecha del tiempo. Mucha gente cree en el destino. Pero ya los griegos se revelaban contra el destino trágico y de esa rebelión nacieron sus mejores tragedias. El destino era la manera que los humanos han tenido de llamar al futuro incierto y desconocido. Pero el destino es el reino de lo probable. La probabilidad es una rama de las matemáticas relativamente reciente. Hay probabilidades subjetivas y probabilidades más o menos objetivas, pues las cosas totalmente ciertas, absolutamente objetivas, si es que tal cosa existiese, no serían de su dominio. La probabilidad es la manera de intentar cuantificar al futuro, pues el pasado ya lo fue y ha dejado de ser improbable.

El pasado no se puede cambiar, aunque se puede inventar. La memoria es esa propiedad que los humanos tenemos que nos permite inventarnos el pasado. No es sorprendente que sea así, pues el pasado es para la mayoría de las personas un lugar más confortable que el futuro, carece de riesgos y, además, lo podemos manipular a nuestro antojo. Naturalmente no siempre es así y muchas personas viven hipotecadas por su pasado. Pero con el permiso de los psicoanalistas la gente suele ser indulgente con su pasado. Al fin y al cabo es el lugar donde anida la experiencia y desde donde se construye el discurso. Pero el futuro es otra cosa, especialmente desde que el hombre ha liberado a Dios de sus responsabilidades. Vivir peligrosamente es algo más que una ambición extravagante.

Es la realidad misma. Los humanos anhelamos la seguridad y en demasiadas ocasiones hemos renunciado a nuestras libertades en su nombre. Pero la autonomía es una pesada carga que no todo el mundo es capaz de sobrellevar. Para el hombre moderno vivir implica el esfuerzo de adjudicar valores numéricos a la incertidumbre. Es a esto a lo que llamamos riesgo. El riesgo ya no es lo que era. De una posibilidad de perder se ha transformado en una oportunidad de ganar. Quien no arriesga no gana. Un hombre arriesgado es un hombre valiente. Pero un hombre arriesgado que no discurre sobre el futuro es un temerario. La mayor parte de nosotros tomamos decisiones después de sopesar las ventajas y los inconvenientes, basándonos en las probabilidades subjetivas.

Alfonso Berridi

Casi siempre son suficientes para tomar decisiones acertadas. Pero hay que tener cuidado con ellas. «Quiero tanto a esta persona que a partir de ahora prescindiré de lo que más apreciaba, el reino de la posibilidad», dice un personaje de Javier Marías. Pero un hombre informado dispone de los instrumentos necesarios para tomar decisiones más objetivas, es decir, de cuantificar razonablemente la incertidumbre. Los médicos lo hacemos todos los días cuando damos consejos a los pacientes sobre tal o cual asunto de salud. Aunque muchos no lo sepan, están utilizando el teorema descrito por el reverendo inglés Thomas Bayes a comienzos del siglo XVIII. El teorema de Bayes es una forma de cuantificar la probabilidad condicional. Algo parecido a lo que Ortega llamó las circunstancias. Nuestras decisiones nunca se hacen en el vacío, sino dentro de un contexto determinado que, de alguna forma, las condiciona.

Así es la vida. Un acontecimiento muy improbable e inevitablemente condicionado. Pero es precisamente este carácter condicional de la vida lo que nos hace humanos, pues si no fuera así, la libertad, que es el sueño más preciado de los hombres, sería solo un concepto vacío de contenido. Como bien saben los estudiosos de la probabilidad, no existe la libertad irrestricta sino los grados de libertad. Cuando envejecemos, lo que va ocurriendo es que, si hemos tenido un poco de suerte, la información acumulada, la experiencia propia y la ajena nos van agrandando estos espacios de libertad. Las decisiones se vuelven menos arbitrarias porque la información es mayor y, por tanto, se va reduciendo de alguna manera la incertidumbre. Pero este espejismo dura poco, pues al final a todos nos espera un gran agujero negro que comienza con la muerte y termina con el olvido. El fin de toda esperanza (matemática).

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