Regular el transhumanismo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Ningún observador medianamente atento a los hallazgos de los últimos años en el ámbito de las llamadas NBIC (nanotecnologías, biotecnologías, informática y cognitivismo) alberga la menor duda de que muchas de las fantasías de la ciencia-ficción están a punto de convertirse en realidad, si es que no lo han hecho ya. La asombrosa evolución experimentada en estos campos al servicio de la salud y de la mejora de las personas -incluida la prolongación de la vida- invalida la habitual impresión de hallarnos ante las alucinaciones futuristas de unas mentes juguetonas. Las posibilidades de perfeccionamiento de las condiciones tanto orgánicas como funcionales del ser humano por medio de la tecnología no solo afectan ya a los casos de enfermedad, sino que se extienden de modo creciente a individuos sanos para permitirles ampliar sus prestaciones, por así decirlo. Superinteligencia, Superlongevidad y Superbienestar, las tres patas del taburete transhumanista, han dejado de ser ficciones para convertirse en horizontes tan reales como cercanos.

Pero sorprende el bajo nivel de la discusión pública que suscitan estos cambios, más allá de algunas reacciones básicas de índole sentimental que oscilan entre el rechazo de la monstruosidad deshumanizadora y el entusiasmo acrítico ante los signos de progreso. Se diría que al asombro inicial le ha sucedido un distanciamiento indiferente que solo posa la mirada en el adelanto de turno cuando le proporciona una cierta dosis de asombro o de diversión.

El que no puedan ponerse puertas al campo no significa que hayamos de asistir imperturbables a los efectos de la veloz corriente científico-tecnológica. La complejidad y el vértigo de los cambios en los que ya nos hallamos sumidos son de tal magnitud que desarman en gran parte el aparato ético de nuestras sociedades y cuestionan muchos de los principios políticos y sociales que hasta ahora nos habían venido resultando útiles. De explorar en los porqués de esta anomalía se ha ocupado el pensador francés Luc Ferry en 'La revolución transhumanista' (Alianza Editorial, 2017), un ensayo de subtítulo elocuente: 'Cómo la tecnomedicina y la uberización van a transformar nuestras vidas'. Ferry, conocedor de la política desde dentro (llegó a suceder a Jack Lang como ministro de Educación e Investigación), ha denunciado con insistencia la falta de conocimiento de los políticos en estas materias que, sin embargo, son las que van a dibujar el nuevo perfil de individuos y de sociedades en un inminente futuro. De ahí que dedique los primeros capítulos de su libro a describir, somera pero atinadamente, los principales aspectos de la cuestión. El llamado transhumanismo, explica, se manifiesta en dos dimensiones. Una, como fenómeno de progreso derivado de la aplicación de los nuevos descubrimientos a la mejora de los seres humanos. Otra, como ideología un tanto orwelliana de exaltación absoluta de tales avances, sin barreras que los detengan ni condicionantes que los ralenticen, a partir de una valoración quizá excesivamente optimista de sus bondades. La corriente transhumanista se alinea a favor de las nuevas tecnologías aplicadas a la vida humana, del uso intensivo de las células madre, de la ingeniería genética, de la clonación reproductiva, de la hibridación hombre/máquina y de las manipulaciones germinales que podrían modificar nuestra especie de forma irreversible.

LA CITAVáclav Havel «La vida es algo más que la aplicación de unos conocimientos científicos sobre la vida»

En el trabajo de Luc Ferry queda claro el propósito de alertar sobre los riesgos de esta actitud de confianza ciega sin por ello cuestionar las transformaciones habidas y por haber. Su invitación es clara: ha llegado la hora de regular, de promover lo beneficioso y poner límites a lo nocivo. El problema reside en determinar cuándo estamos ante lo uno o lo otro. Porque un factor común de casi todas las marcas de progreso científico y técnico que se van desplegando ante nuestros ojos es su inmediata valoración en términos morales y de opinión. Rara vez el debate público -al que, evidentemente, no puede hurtársele ninguna cuestión por compleja, científica y especializada que sea- renuncia a la expresión de las convicciones para pasar al intercambio de razones y al acuerdo que las transforme en leyes. Hay que informarse, en suma.

Ahora bien, ¿cómo trasplantar a nuestra época el ideal ilustrado de un conocimiento absoluto cuando el saber se revela inabarcable y acelerado en extremo? Las indispensables regulaciones, sostiene Ferry, deben darse en el espacio público de los intereses generales. Sin embargo, todo parece indicar que el espacio de los cambios está siendo hasta ahora una sociedad civil definida por el juego de intereses particulares. «Hay que recuperar el control sobre la marcha de un mundo que se nos escapa cada día más, y hacerlo al más alto nivel», insiste. Ni que decir tiene que tampoco tendría sentido quedarse en regulaciones meramente nacionales que dieran como resultado que lo admitido en China -país ajeno, por cierto, a los remilgos del humanismo europeo y por tanto lanzado al cientifismo menos escrupuloso- fuera prohibido en España o en Suecia, o a la inversa. Si la ciencia no tiene patria, como señaló Louis Pasteur, menos aún la tienen las leyes que vayan a regular sus aplicaciones.

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