REFORMAS POCO AFORTUNADAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Como es bien sabido, la Reforma, con mayúscula inicial, es el fenómeno que ocurrió en la Europa del norte, brotó en diversos sitios, en algunos por pura conveniencia y en otros por auténtico descontento, y que tuvo por consecuencia fracturar la Iglesia Católica en varias corrientes que hoy son religiones, con todos los elementos que caracterizan una determinada creencia. Visto con perspectiva lo que sucedió, estaremos de acuerdo, que fue una pena. Si bien la jerarquía acusó el golpe y enmendó rumbos, la ruptura ha tenido visos de permanencia y de difícil enmienda. No en balde lleva cinco siglos. Quizá se termine por agotamiento porque cada día quedan menos fieles y el envejecimiento de la población es patético en los templos. Se ven pocos jóvenes, niños sí, conducidos por sus padres especialmente en épocas previas a recibir algún sacramento que viene sucedido por la fiesta que es lo más apetecible me temo. Después desaparecen. Es viejo y algo irreverente el cuento aquel que narraba la desesperación de un párroco que no podía librarse de una plaga de palomas y que recibe el consejo de un colega: confírmalas, así no vuelven. En el Reino Unido que se independizó para que su orondo rey pudiese divorciarse de su española consorte y casarse con una señora que tenía seis dedos en cada mano, según dicen, las ceremonias tienen lugar en la casi soledad del oficiante que se ha esforzado en colgar carteles anunciando su celebración y tentando al personal con té y pastas. Las guerras de religión, en las que nuestro país se desgañitó con resultados muy mejorables e invirtió los productos de la colonización americana que entraban por un puerto y salían por otro, constituyeron un auténtico desastre. En vez de llevar las cosas a la tremenda, se podría haber dialogado y llegado a un acuerdo. Pero, por lo visto, es difícil. Si no se me cree, asómese a lo que está pasando en el principado que quiere ser república.

Pero no es a este disparate a lo que me quiero referir. He sostenido incansablemente que todo el que tiene un pedacito de poder quiere dejar su huella para que se le recuerde. Y emprende una modificación que apunta no a lo que es menester cambiar porque funciona mal o es caro o no satisface a quien sirve. No. Altera lo que está medianamente bien. Es cierto que todo es mejorable pero habiendo tantas cosas que hacer ¿a santo de qué viene el meterse con lo que a nadie le molesta? Es claro: es más fácil.

En Marbella -con esto no revelo nada nuevo- existe una piscina municipal que es muy popular. Agua temperada, tamaño olímpico, pulcra, limpia, con amplio horario de apertura. Y con unos precios muy asequibles, para los vecinos, casi nada, y para los visitantes, un poco más. Dicen que la natación es un deporte sano y que está al alcance de todos y así debe ser porque son muchos los usuarios de esas instalaciones. El único, llamémosle problema, que ofrece la práctica de esa actividad es que hay que utilizar un atuendo reducido: un bañador que antes, cuando los bañadores eran esos chicos fornidos que vigilaban que no te ahogaras, se llamaba, la prenda digo, traje de baño. El nombre era más largo y la tela que se empleaba bastante más extensa. Puede traerse puesto desde casa pero es necesario quitárselo una vez sumergido porque si no, el resto de la indumentaria queda hecha unos zorros. Como el bañador cubre las partes más pudendas de los seres humanos, es preciso recogerse en un sitio al menos medianamente discreto para cambiarse. Aquellos lugares se llaman vestuarios. Bueno pues, nuestras instalaciones disponían de unos, regulares no más pero pasables pero, como tenían ese carácter, había que reformarlos. Y la reforma debe haber sido concebida para otro sitio o el que la llevó a cabo partió hacia el extranjero donde también podía aportar su genialidad o el que diseñó la estructura nunca había pisado uno y claro, le faltaba experiencia. Era su primera reforma y no se puede pedir más. Cuando haya hecho unas pocas, le saldrán estupendamente, seguro.

Pero mientras tanto, hay que entrar de perfil, darse mucha prisa, transitar por un interminable pasillo, coger frío, esperar para la ducha y salir corriendo.

De Guatemala a Guatepeor.

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