El extranjero

El reconstructor

Aznar nunca acabó de digerir la derrota electoral de su pupilo en 2004

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Cuando Mariano Rajoy decía adiós con cierta dignidad y mientras Pedro Sánchez empezaba a armar un Gobierno tan esperanzador que incluso ha llevado a Dani Pérez a trasladar el sueño nacional al municipal hasta el punto de decirle a Francisco de la Torre que si Sánchez ha llegado a presidente él llegará a alcalde, en esas estábamos cuando apareció el sheriff del condado y casi sin mover los labios anunció que él está dispuesto a reconstruir el centro derecha. José Mari en estado puro. Para eso ha estado todos estos años haciendo abdominales. Sus abdominales los ha conseguido a base de pesas y ejercicios, pero a lo largo de los últimos años no han sido suficientes para controlar sus contracciones intestinales, sus náuseas a la hora de contener el vómito cada vez que hablaba de su sucesor gallego.

Aznar, cuyos logros mayores fueron poner a rezar el 'If' de Kipling a media militancia del PP antes de acostarse y colocar sus pies encima de una mesa en un rancho de Texas, nunca acabó de digerir la derrota electoral de su pupilo en 2004, una derrota que en realidad solo fue achacable a él mismo y a sus patrañas. Menos aún ha digerido que su delfín no sea un chico obediente y tuviese vuelo propio. Así que ahora, en el momento de la caída, después de ver los destrozos que el niño ha hecho con la perfecta arquitectura que él tan sabiamente construyó, se ofrece para reparar el daño que el mamarracho gallego ha hecho con su magna obra.

Reconstruir el centro-derecha. Soldar -sin máscara protectora porque su rostro hormigonado está construido a prueba de chispas, candelas y razones- el PP virginal de sus tiempos y esa familia anaranjada de Ciudadanos a cuyo líder le ha venido dando bálsamo no por generosidad sino porque de ese modo le lanzaba cicuta al gallego traidor. Nadie lo ha llamado, pero él se ofrece, siempre dispuesto al sacrificio por la patria. Salvador, terminator, sheriff del condado. Organizó aquella patética carrera por su sucesión como un emperador romano. Rato, Mayor Oreja y Rajoy dando vueltas a su circo hasta que el dedo imperial designara al elegido, al bendecido. Al ungido que él quería uncido a su voluntad y que le salió rana. Y ahí lo tiene, echado por la puerta de atrás y pagando su ineptitud. Sí, y pagando sus corrupciones. Las corrupciones que generaron los gobiernos de Aznar, este ser inmaculado que sobrevuela a dos palmos del suelo. El emperador que organizó en El Escorial una delirante boda de Estado. Colapsó la sierra madrileña porque se casaba su niña en aquella especie de aquelarre de Bigotes y Correas en el que la mesura y la ética ardieron de modo tan lastimoso. Este señor es el que viene a recomponer el centro y la derecha, el buscador de armas de destrucción masiva que nos va a perdonar la vida y a limpiarnos la casa de unos lodos que provienen de los polvos que él dejó posarse tan mansa y abundantemente sobre el querido suelo nacional.

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