Una recomendación para el verano

Una conversación con personas que no participan de las reglas maestras de una buena conversación es una oportunidad pérdida. Un soliloquio acompañado

FEDERICO SORIGUERMÉDICO. MIEMBRO DE LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS

Una buena conversación. Esta es mi recomendación. Hay pocas cosas como una buena conversación. Pero no todos los que hablan entre sí, conversan. Es el caso de muchas de las tertulias actuales en los medios. Una buena conversación exige el acomodo a unas reglas mínimas (como una y otra vez exigía el viejo Sócrates a sus contertulios). Exige, en primer lugar, que el contertulio sea un 'interlocutor válido' (Adela Cortina). Se puede y se debe hablar con cualquiera, pero no tener con cualquiera una buena conversación. La disposición del interlocutor es tan importante como la propia. Una conversación con personas que no participan de las reglas maestras de una buena conversación es una oportunidad pérdida. Un soliloquio acompañado. Una segunda condición es la adecuada gestión del tiempo. Una buena conversación exige ser generoso con el tiempo. Los estresantes interrogatorios de las entrevistas de Ana Pastor son lo contrario de una conversación. Discurrir exige tiempo. Una conversación apresurada es la némesis de una buena conversación. No hay conversación sin discurso. La impaciencia es incompatible con el escuchar, que es la otra cara imprescindible de unas buena conversación. No hay una conversación sin atentos silencios.

Cuenta Juan Cruz que José Luis Borges fue a visitar en Guadalajara (México) a su colega Juan José Arreola famoso por su prosodia. Era una visita de postín, así que fuera de la casa se situaron algunos periodistas que, al término del literario encuentro, le preguntaron al escritor argentino cómo había ido la ceremonia. Y Borges explicó, muy solícito, como siempre: «Muy bien. He podido introducir unos sabios silencios». Desde luego el tema no es indiferente pero para unos buenos conversadores cualquier tema puede ser oportuno. Cajal decía que «en general no hay cuestiones agotadas sino hombres agotados por las cuestiones». Aún así el buen conversador debe poseer el don de la oportunidad. Sí, cualquier tema es bueno pero algunos según el día, la hora y los contertulios son mejores que otros.

Una buena conversación exige un cierto esfuerzo creativo. Algo de imaginación. El aburrimiento es la muerte de la conversación. Cuando se habla con otro el pensamiento aflora como en un parto. Es muy difícil, si no imposible decir con precisión lo que se piensa. Pero es más importante aun pensar lo que se dice. No ofender es imprescindible, pues con la ofensa la conversación termina. Entre interlocutores válidos la ofensa es inadmisible. Pero no la ironía y el humor. La mejor manera de no traspasar la fina barrera que hay a veces entre la ironía y la ofensa es evitar los argumentos 'ad hominen'. En una buena conversación los argumentos 'ad hominen' están prohibidos. Como deben de evitarse los lugares comunes. El fútbol, por ejemplo, pero no, en contra de lo que recomiendan los anglosajones, la política, la religión ni el sexo. Aunque esto es opinable, pues los temas son inagotables y los gustos infinitos. Un buen conversador no puede vetar ningún tema (me contradigo y rectifico: ¡ni siquiera el del fútbol!).

Hay que evitar utilizar las experiencias personales salvo que sirvan para la generalización. Los excesos del mí y el tú son enemigos de una larga conversación. Cuantas menos autorreferencias mejor. ¡Hay que dejar hablar! ¡Hay que saber escuchar¡ Pero sobre todo hace falta que los contertulios les guste jugar con las palabras. Las palabras son como dardos, que ya lo dejó dicho Lázaro Carreter en su famoso libro. Las palabras como representación, como símbolos de las ideas. Una conversación es la manera de jugar con las ideas a través de las palabras. Una buena conversación necesita, en fin, algo de riesgo. Arriesgar con una idea, con la memoria de las cosas y de las palabras, con alguna palabra que nos permita discurrir, pues sin discurso, ya lo hemos dicho, la conversación se empantana y fenece por aburrimiento. Una buena conversación es lo contrario de un debate y desde luego de una discusión que son variantes verbales de los duelos en los que siempre hay vencedores y vencidos, como creían aquellos sofistas que intentaban convencer a Sócrates sin demasiado éxito. Quienes discuten no conversan. Para los sofistas la conversación era la continuación del estado de naturaleza en la que solo cabía la victoria o la derrota.

Para Sócrates, por el contrario, el arte de la conversación consistía no en vencer sino en convencer. Pero si no logras convencer al contertulio mejor cambiar de conversación. Los argumentos no son mejores porque se repitan. Se cuenta que cuando Sócrates fue condenado su mujer le dijo: ¿es que no te importa morir sin defender tu inocencia? A lo que Sócrates le respondió: ¡es que acaso preferirías que me condenaran siendo culpable¡ Conversar es converger desde la diferencia. Si yo te regalo una pluma y tú me regalas otra, los dos seguimos teniendo una sola pluma. Pero si yo te doy una idea y tú me das otra ahora los dos tenemos dos ideas. En fin, que bien mirado aquella asignatura que algunos llamaron educación para la ciudadanía, tan necesaria y que entre todos la mataron, podría ser renombrada como la del arte de conversar, que sería también su único contenido, aunque es muy probable que los cancerberos de la instrucción pública reglamentarían el cómo, el quién y el cuándo hacerlo, impidiendo así que se lleve a la práctica uno de los más sabios consejos de Sócrates: «para que el otro pueda aceptar (o rechazar) lo que yo digo primero es preciso que yo (que soy quien puede explicárselo) lo entienda». Porque una cosa es conversar y otra muy distinta hablar por hablar. ¿Se le ocurre una manera de mejor de emplear su tiempo de vacaciones? Y además, gratis.

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