La rebelión de las masas

La calle hasta ahora era de los jóvenes con su indignación, su 15-M reconvertido en arma política y su negación de futuro

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

«Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social», así arrancaba Ortega y Gasset el primer capítulo de 'La rebelión de las masas'. Estábamos en 1937, y en esas seguimos. En ese advenimiento. Lo cierto es que mientras Ortega escribía eso en París, España era más aglomeración que masa, una aglomeración sangrienta, un emplasto fabricado con barro y sangre. Al acabar aquel tumulto cruel, Ortega quedó desmentido a este lado de los Pirineos, porque el autoproclamado caudillo dejó a las masas en un rincón y el único advenimiento que tuvieron fue el de la tranca.

Salvado el paréntesis de los fatídicos cuarenta años de postergación, sí nos encontramos con que la teoría orteguiana se llevaba a la práctica y su famoso «no es esto, no es esto» dirigido a la República se podría haber traducido perfectamente en un «esto es, esto es» encaminado esta vez a una democracia en la que Ortega ya solo era un busto de escayola. El amor primero del filósofo hacia la República no fue correspondido, y de ahí le vinieron algunas bilis. En cualquier caso, lo que importa es su predicción, el vaticinio largo que todavía se mantiene y que estos días se demuestra con el protagonismo que está alcanzando hasta ahora una masa silenciosa y dócil, la de los pensionistas.

La calle hasta ahora era de los jóvenes con su indignación, su 15-M reconvertido en arma política y su negación de futuro. Una negación que los convertía en parias o en inmigrantes, si es que no son sinónimos. Bien, pues ahora la calle también es de los viejos o de los viejos inminentes. Si a los jóvenes se les negaba el futuro, a los pensionistas se les quiere negar el pasado. Y se hace con malos modos. Muy malos. Tan malos como para tomarlos por unos ciudadanos de tercera, medio gagás y dispuestos a no levantar la vista de la bola de la petanca o la ficha del dominó. Pero he aquí que la población colocada en esa franja de edad es la que más vota, la que más poder tiene. Así que ahí andan todos los partidos políticos dispuestos a congraciarse con esta masa votante y rebelada, súbitamente orteguiana. Las insidias de algunos, insinuando que vendan sus casas si quieren tener una pensión digna o que se acojan a planes de pensiones privados han sonado a expolio, a sarcasmo y a burla. Esa ha sido la circunstancia necesaria que según el filósofo era necesaria para que el ciudadano-masa actuase. Los partidos se inventan recetas y se lavan las manos al mismo tiempo y caen en una trampa también anunciada por Ortega: «Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil». Unos y otros han jugado demasiado con la masa dormida. Ahora ya no valen juegos de mano, sino soluciones.

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