La Tribuna

La realidad y el deseo

No se rechaza un nacionalismo para abrazar otro ya históricamente establecido, sino que, a través del diálogo y dentro de un marco legal, se debe imponer la razón a la sinrazón

JOSÉ LUIS RAYAPROFESOR DE INSTITUTO Y ESCRITOR

A lo largo de la historia han existido movimientos independentistas en todos los continentes. Muchos pensábamos que esto formaba parte de la historia precisamente, sobre todo cuando no se establece una situación de opresión dictatorial respecto a una nación dominante, sino todo lo contrario: el supuesto subordinado ha disfrutado de unos privilegios y unas condiciones extraordinarias comparativamente hablando con otros territorios de la Unión Europea. Por lo que ese objetivo se reduce a una cuestión meramente sentimental o romanticista (no quisiera enturbiar el término romántico). Esto no implica que no deba ser respetado, pero no considerado (tenido en cuenta), no sólo debido a un agravio comparativo con otras zonas, sino por el descalabro económico que ello supondría, como bien han demostrado todo tipo de economistas de cuya imparcialidad no se debe dudar. Como diría Groucho, «no quiero renunciar a la hermosa libertad a equivocarme», y es correcto, pero en este caso no debe aplicarse porque esa libertad (aunque errónea) conlleva un gran perjuicio para una amplia mayoría de ciudadanos y esto, por consiguiente, es tremendamente injusto.

Así pues, no se rechaza un nacionalismo para abrazar otro ya históricamente establecido ni de imponer un criterio frente a otro, sino que, a través del diálogo y dentro de un marco legal, se debe imponer la razón frente a la sinrazón. Esto es, mediante la dialéctica y el diálogo hay que hacer ver que sus aspiraciones han sido manipuladas y tergiversadas por una clase dirigente durante décadas, auspiciada por los medios de comunicación y toda una infraestructura ideológica urdida al milímetro en todos los sectores sociales. Sin embargo, esta apostasía tan sólo ha calado en la mitad de la población, por lo que debemos pensar que no es correcta absolutamente, evidentemente.

Dentro de este marco descriptivo y prescriptivo -y su deriva- de indudables tintes absurdos y esperpénticos -desde un referéndum caótico hasta una fuga y tocata de lolita en el que se pretende gobernar desde el exilio a miles de kilómetros-, precisa que se ponga fin de alguna manera, y que la UE haga acto de presencia y haga valer, e incluso imponer, su estatus, puesto que no ha dejado clara su postura integradora, sobre todo por una cierta discriminación con otros territorios, por lo que se establece aquello del agravio comparativo. No obstante, esto debe hacernos pensar que aquel balcánico asunto nos debe hacer reflexionar y no tomarlo como punto de referencia.

Una Europa moderna y abierta no debe escandalizarse porque aparezcan este tipo de movimientos secesionistas, hemos de estar a la altura y que la sociedad no se fracture ni se produzca ningún cisma, ni altercados, ni enfrentamientos como se está produciendo en el mismo seno de muchas familias y grupos de amigos. Cuando una sociedad es moderna y avanzada esto no sucede, al menos no de esta forma tan virulenta. Si tomamos otros referentes, como Canadá o Bélgica, las reivindicaciones son claramente aceptadas y ningún bando se enfrenta como aquí, porque son abiertos y tolerantes. El caso de Norteamérica habría que obviarlo porque no se encuadra dentro de un proyecto común como es el europeo. En Bélgica, pues, las aspiraciones están intactas y todo el mundo se respeta, es decir, están en su pleno derecho de reclamar ciertas aspiraciones pero no dentro de un proyecto secesionista, sino unionista, como es Europa. Para ello habría que disgregar aquella idea, a lo que una inmensa mayoría de europeos nos oponemos totalmente, ya que esto produciría un gran desequilibro mundial y «nos comerían vivos»: EE UU, Rusia, China o musulmanes. Unos económicamente y otros socialmente o religiosamente. De modo que ni soy facha por sentirme español con aspiraciones unionistas ibéricas para fortalecer la médula Sur, ni tenemos que ver a los soberanistas como bichos raros, sino como ciudadanos equivocados que desconocen los movimientos y estrategias geopolíticas mundiales. Esta falta de previsión y conocimientos no tienen por qué pagarlos el resto de los españoles ni de los europeos; tampoco es coherente, como desean los más extremistas, estrangular todo un continente como es Europa, basándose en ideas marxistas o bolivarianas que consideran a Europa como un Estado fascista y opresor. No sé muy bien cómo calificar ese rechazo del continente que te acoge y te cobija durante siglos para abrazar otras culturas, religiones o sistemas claramente y decididamente opresores y represores.

Por lo tanto, cualquiera puede legítimamente expresarse y manifestarse, de lo contrario estaríamos cayendo en una manifiesta contradicción que se opone al espíritu librepensador que caracteriza a Europa, pero esto no implica que se deba descartar un proyecto común. De hecho nació en los años 50 para fulminar los frecuentes conflictos entre vecinos que culminaron en la Segunda Guerra Mundial. Así pues, sus lícitas aspiraciones son ilícitas hasta que no entran en conflicto con el bien común y general de todo un país o continente. Por lo que si se cruza el límite y se pone en una delicada situación el equilibrio, el bienestar y la paz social, que tanto tiempo se ha tardado en conquistar, se podría decir que se está cayendo en una flagrante injusticia en la que una minoría pretende imponer, sea como sea, sus aspiraciones, por muy legítimas que (teóricamente) sean. Ya sabemos que la realidad y el deseo no siempre coinciden.

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