Rave municipalis

Las auténticas 'raves' malagueñas se celebran a la intemperie, pero en el centro de la ciudad

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Que al Ayuntamiento le va la marcha uno lo empieza a comprender más tarde, y la última muestra de esta tendencia municipal por la parranda fue encontrada de la misma manera en la que se descubren los grandes hallazgos: de una forma casual. Fue durante un paseo insustancial pero con ínfulas culturales que incluía una visita improvisada a la Alcazaba que para nuestra sorpresa vino amenizada de manera inevitable por un significativo hilo musical: Paquito el Chocolatero o Chenoa hicieron las veces (o las voces) de audioguías turísticos por nuestras mismas raíces. El eco gordo de la verbena rebotaba alegre contra varios siglos de historia, reverberando en las gradas del Teatro Romano y atormentando de paso a los gatitos que pululan por su Centro de Interpretación.

Por poner las cosas en su contexto, la tradición de las fiestas 'rave' nació en Inglaterra y eran celebraciones totalmente clandestinas organizadas en zonas rurales, polígonos industriales y espacios abandonados en las que los jóvenes y los que no lo eran tanto bailaban música trance y acid house, lejos de la mano de Dios y de cualquier forma de autoridad. Málaga sigue escribiendo la historia, y la Hermandad del Sepulcro nos brindó el sábado durante todo el día un trance rociero en pleno casco histórico, porque las auténticas 'raves' malagueñas también se celebran a la intemperie pero en el centro de la ciudad. Ostentan como indiscutible atractivo la apariencia de ilegalidad pero cuentan con el visto bueno del Ayuntamiento, pese a que dicha celebración, regada por supuesto con incentivos líquidos para «los jóvenes de la Hermandad», podría llegar a incumplir un hermoso abanico de normativas, amén de una señora multa si viviéramos en una ciudad normal.

Nótese que no hay nada en contra de las celebraciones, más al contrario: no será desde aquí donde se pongan trabas a la diversión, aunque entendemos que según de donde vengan (en este caso, muy dentro del 'establishment') estas deberían realizarse según las normas y, en el caso además de producirse delante de todo el mundo, apuntarse al mínimo decoro. Cierto es que la portentosa ley municipal sobre ruidos al aire libre autoriza las verbenas populares, pero la ocupación del espacio público que se hizo en la calle Alcazabilla, para asombro de cualquiera que pasara por aquí, es harina de otro costal, y más cuando la sede en cuestión tiene un ático privilegiado para sus 'eventos'. No se extrañen: lo mismo ocurrió en otras hermandades durante el último fin de semana, todo de forma sincronizada para conmemorar la 'Invención de la Cruz', una especie de macrofestival urbano en el que la excusa religiosa vuelve a funcionar como el detonante de una borrachera estupenda de doce horas de duración. Una fiesta con barras de alcance pero sin culpa ni bajones y casi siempre lucrativa, aunque comprobamos con alivio que al menos en la del Sepulcro todo ocurrió con fines benéficos. Estaría bueno.

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