Ramblas

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

El otoño, ya lo sabíamos, iba a ser catalán. Lo que no preveíamos es que iba a ser sangriento. Estamos conmocionados. Dándole vueltas a una retahíla mental que no por manida deja de ser verdad. Barcelona somos todos. El miedo es su victoria. No acabarán con nuestro modo de vida. Velas y pétalos endulzando la eficacia policial. El desgarro, las víctimas, las banderas a media asta y los funerales de Estado. ¿Y mañana? Aquí el mañana juega un doble papel. El primero, el inmediato, conocer el riesgo de posibles atentados en cadena, condonar el peligro. El segundo tiene un carácter político. Porque por mucho que los representantes del Gobierno nacional y el de Cataluña hayan querido obviar la cuestión, ésta no ha dejado de estar sobre la mesa. A veces, en dos mesas separadas.

Mariano Rajoy, los representantes de su partido y los de Ciudadanos no han dejado de mencionar en ninguna de sus intervenciones la palabra unidad ni de alabar los beneficios de la misma. Puigdemont, por su parte, ha declarado que los brutales atentados no afectarán a la hoja de ruta del procés. Por su parte, Oriol Junqueras no se ha cansado de ensalzar el papel de los Mossos, de la Policía Urbana de Barcelona ni de agradecer la solidaridad de países europeos. Silencio para las fuerzas de seguridad del Estado o para la cooperación que, afortunadamente, se estaba estableciendo entre mossos, policías nacionales y guardias civiles.

Esa es la táctica de las cabezas políticas visibles. Una estrategia dignamente solapada por el respeto hacia las víctimas y por el dolor de todo un país. Pero con independencia de los movimientos que los jefes políticos, con el Rey a la cabeza, estén llevando a cabo, con independencia de toda la carga simbólica que se desprenda de sus movimientos y de cada una de sus palabras, habrá que estar atentos al modo en que esta tragedia afecta a la ciudadanía catalana. Emocional y políticamente. En la situación actual catalana no es fácil separar las emociones de las razones, y ese es uno de los peores rasgos del conflicto. Quedan cuarenta días para el 1 de octubre, queda una diada que va ser triplemente especial y sensible (más carga sentimental para el cóctel), pero la desgracia de estos días, con Esquerra Republicana y los timoneles del soberanismo ajenos al Pacto Antiyihadista, va a pesar de cara al hipotético referéndum. Hay atencedentes claros. El 11-S vivió la resurrección de un desahuciado Rudolph Giuliani. El alcalde de Nueva York, gracias a la actitud ejemplar que mantuvo durante aquel drama colectivo renació políticamente. El 11-M, por el contrario, significó un duro revés para el PP. La nefasta gestión que hizo Aznar de los terribles atentados desmintió la vieja teoría de que ante un desastre la ciudadanía se muestra conservadora. Los pasos que se den en los próximos días van a ser decisivos. De momento la conmoción le puede al cálculo y la imagen de una Barcelona sin miedo nos vuelve a dejar rendidos a sus pies.

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