Radiografía del indulto

Radiografía del indulto

Supone una extinción de la condena, no por su cumplimiento, sino como consecuencia de una medida de gracia. Por lo tanto, es algo excepcional. No lo concede un juez, sino el Consejo de Ministros

Tres hombres caminan en silencio por un oscuro pasillo. Ninguno habla. Contienen la respiración. Van unidos por una cuerda invisible. Llegan a la antesala del edificio de comunicaciones. El director de la prisión acude apresuradamente. Ha estado esperando una llamada del Consejo de Ministros. Pronuncia un nombre. La emoción se desborda. Ha nacido un nuevo hombre devoto de un universo que conspira en su favor. Dios está de su parte. Hace un segundo era un desheredado y ahora es alguien invencible. Los otros dos presos vuelven a su triste realidad.

En este mes de junio se cumplirán 147 años de nuestra vigente Ley de Indulto intacta desde 1870 con la excepción de alguna insignificante reforma. En febrero de este año se presentó en el Congreso una proposición de ley con el objeto de no concederlo en casos de corrupción y de violencia de género. Se trata de un tema controvertido.

Un indulto supone una extinción de la condena, no por su cumplimiento, sino como consecuencia de una medida de gracia. Por lo tanto, es algo excepcional. No lo concede un juez, sino el Consejo de Ministros. Se fundamenta en razones de equidad (aplicación de la justicia al caso concreto), de justicia o de utilidad pública.

La ley no excluye ningún tipo de delito y permite su concesión incluso a penados reincidentes, de manera motivada. Sólo se exige que su concesión no perjudique a terceras personas pero no se otorga a las víctimas un derecho de veto a su concesión, salvo en el caso de los llamados delitos privados (injurias y calumnias) en los que debe mediar el perdón del ofendido.

Las estadísticas siempre han sido oscuras hasta la aparición del llamado 'Indultómetro', que recoge los indultos concedidos entre 1996 y 2016. De los 10.539 concedidos, 3.016 han sido por tráfico de drogas (casi uno de cada tres inaceptablemente en un delito tan grave) y los delitos de corrupción política con 228 han sido los más agraciados en términos relativos (es decir, en relación al número de delitos cometidos). Llama también la atención que hasta 12 agresiones sexuales hayan sido indultadas por los gobiernos de turno. Pese a esto, parece haber remitido el frenesí indultador del Ejecutivo, algo ha debido pasar para que en 2000 se produjeran 1.744 indultos y en 2016 tan solo 27. A esto añadimos las últimas denegaciones de Semana Santa, entre las que incluimos -vayamos a lo nuestro- la tradicional de El Rico.

Nuestro indulto malagueño data de la pragmática de Carlos III de 1759. En plena época del Despotismo Ilustrado las monarquías absolutas del antiguo régimen comenzaban a guiarse por los ideales racionalistas de la Ilustración y esta mezcla hizo germinar un cierto paternalismo, el oxímoron de un 'despotismo benevolente'. La idea moderna de democracia no eclosionaría hasta 1789 con la Revolución Francesa, sin perjuicio de que Montesquieu hubiera formulado unos años antes (1748) su importante 'separación de poderes' (sin la cual no existe en puridad la democracia).

Nunca me ha gustado el indulto. Que lo conceda el Ejecutivo y no el Judicial viola la separación de poderes. Que no contenga una mínima tipificación de supuestos transgrede el principio de seguridad jurídica. Las medidas de gracia son anacrónicas, más propias del Absolutismo. Propician un proceso atribucional externo (que las consecuencias de nuestros actos son achacables a los demás, no a nuestra propia conducta). Suele significar un agravio comparativo para otros casos similares y acaba beneficiando a los peores (traficantes y corruptos).

Una vez dicho esto, quiero explicar por qué es importante (si bien modernizándolo) conservar ciertas tradiciones como el indulto de El Rico. La identidad colectiva, la cultura de un pueblo es algo muy relevante. Oí hace poco a una autoridad declarar compungido: «Es que se están perdiendo los valores». «Caballero -me dieron ganas de decirle-, los valores no se pierden, no son un papel que lleve usted en el bolsillo... Los valores se roban con la expresa finalidad de sustituirlos por otros». El limbo multicultural igualitario no es bueno ni malo, es mentira. España no es un Estado laico ni confesional, es aconfesional y el hecho religioso se convierte en un factor social. No es aceptable ese 'progresismo' que entiende que lo bueno es siempre lo que cambia, o el 'conservadurismo' que blinda sus tradiciones sin permitir modernizarlas. Elaboren una ley muy tasada que excluya delitos graves, devuelvan la competencia al Poder Judicial, den voz a las víctimas y tipifiquen supuestos reales de equidad eliminando esa espuria 'utilidad pública'.

Mientras buscaremos a los otros dos presos y a sus 1.200 compañeros. Les diremos que Dios podrá liberarlos pero a través del libre albedrío que creó en ellos. Que las personas son responsables de las consecuencias de sus actos pero también de su propio renacimiento, como aquel despotismo que comenzara a ser ilustrado.

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